Por Bill Van Auken

Global Research, 4-11-2010

World Socialist Web Site , 01-11-2010

Traducido por Mariola y Jesús García Pedrajas

Lo mismo que el enorme número de víctimas del terremoto del enero pasado, el brote de cólera en Haití no es una clase de desastre natural, sino, más bien, el producto de una desesperada pobreza creada por siglos de opresión imperialista.

Autoridades haitianas e internacionales informaron el domingo de que la cifra de muertos por el brote de cólera ha ascendido a 337, con aproximadamente 4.000 casos confirmados de la enfermedad, principalmente en el centro y el norte de la nación caribeña.

Esta enfermedad intestinal transmitida por el agua causa diarrea incontrolable y vómitos que pueden llevar a la muerte en cuestión de horas por deshidratación, si no se trata. Puesto que el 75 por ciento de aquellos que contraen el cólera no muestran síntomas, el número real de infectados se piensa que está en torno a 15.000.

El ministro de sanidad haitiano y funcionarios de las Naciones Unidas han advertido que la situación con esta epidemia probablemente irá a peor antes de empezar a mejorar y que podría acabar produciendo “decenas de miles” de víctimas. El brote de cólera podría volverse prácticamente incontrolable si se extiende a los arrabales de la capital, Puerto Príncipe. Particularmente vulnerables son los más de 1.300 campamentos de escuálidas tiendas de campaña, los cuales, 10 meses después de que el devastador terremoto del país matara aproximadamente a un cuarto de millón de personas, son aún el hogar de más de 1,3 millones de desplazados internos.

Se ha informado ya de, al menos, seis casos de cólera en Puerto Príncipe, aunque existen sospechas generalizadas de que las autoridades haitianas son reacias a confirmar un brote en la capital. Aunque los funcionarios de sanidad han afirmado que estos casos han implicado a personas que contrajeron la enfermedad en la región rural de Artibonite en el centro del país, doctores de una clínica han informado de que trataron a una chica del descontrolado arrabal de Cité Soleil que no había estado fuera de la ciudad.

Ni en Haití ni en ninguna otra parte del hemisferio occidental se ha visto una epidemia de cólera como esta en el último siglo.

La enfermedad es fácilmente prevenible y fácilmente tratable si se dan condiciones mínimas de salubridad y disponibilidad de agua pura. Estas condiciones, sin embargo, están más allá del alcance de la mayoría de la población de Haití, más de la mitad de la cual vive en la mayor miseria. En las áreas rurales, donde viven la mayoría de los haitianos, menos del 8 por ciento de la población tienen acceso a agua corriente segura, según un informe de la Fundación Internacional para el Desarrollo Rural.

En cuanto a los campamentos de Puerto Príncipe, en los cuales aproximadamente un millón de personas languidecen bajo tiendas de campaña provisionales, prácticamente nadie tiene agua corriente.

La epidemia de cólera no es un efecto secundario del terremoto de magnitud 7.0 que golpeó Haití el pasado enero. Las condiciones sociales desastrosas que facilitaron un brote tal de la enfermedad estaban presentes mucho antes de eso. Son las mismas condiciones que dejaron a la población haitiana tan vulnerable al terremoto, dando lugar unas cifras de muertos apabullantes.

Tras estas condiciones están las relaciones políticas y económicas forjadas a través de un siglo de explotación y opresión de la nación caribeña a manos de las corporaciones y los bancos de EEUU. Su dominación ha sido impuesta a través de la brutal represión de la población llevada a cabo por las ocupaciones militares de EEUU y una sucesión de dictaduras apoyadas por EEUU, la más infame de ellas la de la dinastía Duvalier, la cual gobernó el país con el terror de los escuadrones de la muerte de los Tontons Macoutes durante casi 30 años.

La reacción de la administración Obama a la situación apremiante de Haití tras el terremoto del pasado enero ha ido totalmente en la línea de este legado vergonzoso. Su respuesta inmediata fue enviar una fuerza militar armada de 12.000 hombres para tomar el control de áreas estratégicas de la capital y asegurarse de que ningún levantamiento popular pusiera en peligro el dominio de EEUU y el gobierno de la oligarquía adinerada de Haití. Una vez que quedó claro que se podía mantener la seguridad, esta fuerza fue retirada, dejando Haití destruida.

No se ha hecho nada para reemplazar la destruida infraestructura de Haití, la cual ya estaba en un estado calamitoso antes del terremoto. Apenas el 2 por ciento de los escombros han sido retirados de Puerto Príncipe, la condición previa para cualquier tarea de reconstrucción.

Y mientras que millones de gente corriente en EEUU e internacionalmente respondieron con fuerza a la petición de ayuda por parte de Haití, prácticamente ninguna de esta ayuda ha alcanzado al pueblo haitiano.

Menos del 2 por ciento de los 5.300 millones de dólares prometidos por los gobiernos del mundo para 2010-2011 se han entregado. Washington ha establecido un ejemplo no entregando ni un solo centavo de los 1.150 millones que prometió. El incumplimiento criminal de estas promesas ha dejado a la población haitiana en gran parte sin ninguna defensa frente la epidemia de cólera.

Alguna de la ayuda que ha estado llegando de EEUU no ha hecho más que profundizar la crisis de Haití. Washington ha subsidiado la exportación de arroz barato al país, perjudicando a los agricultores locales y amenazando con llevar a la bancarrota el sector agrícola de Haití, del que depende el 66 por cierto de la población para su supervivencia.

Esto es parte de una política que viene de antiguo en la cual la “ayuda” es empleada por Washington como un medio de hacer más profunda la subordinación de Haití al capitalismo de EEUU y avanzar los intereses estratégicos de EEUU en la región.

Estos métodos han jugado un papel muy importante en el actual brote de cólera. En un intento de debilitar al gobierno del Presidente Jean-Bertrand Aristide – que fue derrocado en un golpe de estado apoyado por EEUU en 2004 – Washington bloqueó préstamos del Banco Interamericano de Desarrollo que estaban destinados al desarrollo de infraestructuras de agua potable en Haití, incluyendo la provisión de un suministro de agua segura a la región de Artibonite, el epicentro del brote actual.

La situación apremiante del pueblo haitiano no es excepcional. Miles de millones de seres humanos en todo el planeta se enfrentan a condiciones similares de abyecta pobreza y son presa de antiguas enfermedades que la tecnología moderna convierte en totalmente prevenibles.

Las Naciones Unidas informaron la semana pasada de que 1.500 personas en Nigeria han perdido la vida debido al cólera, mientras que otras tres naciones africanas se enfrentan a la expansión de la enfermedad. Pakistán y Nepal han informado también de brotes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que hay de 3 a 5 millones de casos de cólera cada año, que provocan de 100.000 a 120.000 muertes anualmente. La cifra de víctimas está aumentando según la OMS, una manifestación de las condiciones cada vez más desesperadas creadas por el capitalismo en crisis.

Las cifras de enfermedades transmitidas por el agua en su conjunto son aún más asombrosas. Según la OMS, provocarán la muerte de 1.4 millones de niños este año, el 90 por ciento de ellos de menos de 5 años. Esto significa la muerte de aproximadamente 4.000 niños diariamente por falta de servicios sanitarios básicos y de acceso a agua potable.

Estas condiciones, en Haití e internacionalmente, son una acusación incuestionable del sistema de beneficio, el cual subordina todos los esfuerzos humanos al enriquecimiento de una reducida élite financiera y condena a millones de personas a la muerte como parte del trato.

Sin una transformación fundamental del orden social existente, millones de personas seguirán perdiendo la vida debido a enfermedades prevenibles y curables. La erradicación de la pobreza es imposible dentro del marco de un sistema dirigido al beneficio.

La lucha a la que se enfrenta Haití y cualquier país es la de poner fin al sistema capitalista y reorganizar la vida económica global, liberándola de su subordinación al beneficio y dedicándola a hacer frente a las necesidades de todos los pueblos del mundo.

Fuente: http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=21768