Por John Pilger

Traducido por Jesús García Pedrajas y Mariola García Pedrajas

Cuando volví a Sudáfrica tras la caída del apartheid, le pedí a Ahmed Kathrada que me llevara a Robben Island. Conocido cariñosamente como Kathy, Ahmed llevaba gafas oscuras para cubrir sus ojos dañados por el resplandor de la piedra caliza que él y Nelson Mandela habían picado durante años. Me mostró su celda, de un metro y medio por un metro y medio, donde “la luz era ardiente, día y noche”. Me preguntaba como Ahmed había salido de un encarcelamiento de un cuarto de siglo como un ser humano sano mentalmente, equilibrado, tolerante y cortés. Sus razones incluían las enseñanzas de Gandhi y el apoyo de sus seres queridos, pero, sobre todo, “estaba la lucha, sin la cual nada cambia”.

Este sentimiento de lucha esta de vuelta en Sudáfrica. El otro día, conocí al escritor Breyten Breytenbach, que pasó ocho años en prisión durante el régimen del apartheid. En una charla en el festival de Durban “La hora del Escritor” evocó los “sueños” de los grandes luchadores de los movimientos de liberación Steve Biko y Robert Sobukwe. “¿Cómo vamos a parar este aparentemente irreversible ‘progreso’ de Sudáfrica hacia un sistema totalitario de partido único?” Preguntó.

Es una pregunta que muchos se hacen en un país que ahora ejemplariza un apartheid económico impuesto a lo largo del mundo bajo la tapadera de “crecimiento económico” y jerga corporativa liberal. Por “democracia”, léase socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres. Por “gobierno” y “modernidad”, léase un sistema de división y expolio diseñado y aprobado por Washington, Bruselas y Davos – un sistema en el cual, según declara el ministro de finanzas de Sudáfrica, Trevor Manuel, “los ganadores prosperan”. Y habla desde un país donde la desigualdad y pobreza son descritas como “desesperadas”, donde el gobierno del ANC(1) ha permitido a las compañías mas voraces del mundo evitar el pago de indemnizaciones por envenenar la tierra y sus gentes, y que ha hecho el primo dejándose convencer por la industria armamentística británica para que compre 24 reactores de caza Hawk con un precio de 17 millones de libras cada uno, “con diferencia la opción mas cara”, según un informe de la Cámara de los Comunes.

El Departamento para el Desarrollo Internacional (DfID) británico ha jugado un papel notorio. Aunque está obligado por ley a no gastar dinero en otros asuntos que no sean la reducción de la pobreza, el DfID es, en realidad, una agencia de privatización que allana el camino para que las multinacionales se hagan con los servicios públicos. En 2004, el departamento pagó al Instituto Adam Smith, un think-tank de extrema derecha, 6.3 millones de libras para planes de “reforma” del “sector público” en Sudáfrica, promoviendo contactos directos entre compañías británicas y sudafricanas para las cuales el único interés son los beneficios.

Cuando el maldecido Robert Mugabe se haya ido, a Zimbabwe se le dispensará el mismo tratamiento. Ofreciendo millones de libras de “ayuda”, el gobierno británico liderará el retorno del capital, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para restaurar lo que era, mucho antes del naufragio de Mugabe, una de las sociedades más explotadas y desiguales de África. El nuevo atraco se perfiló el 5 de abril en Reino Unido en la llamada graciosamente Conferencia para el Gobierno Progresista, uno de los legados de Tony Blair, donde los líderes de “centro izquierda” pretenden ser los gestores de la crisis en vez de, como ocurre con frecuencia, la causa de la crisis. (En 1999, Blair voló dos veces a Sudáfrica para promover el escandaloso acuerdo armamentístico actual.)

Se dice que el presidente sudafricano, Thabo Mbeki, ha sido reclutado para deshacerse del obstáculo de Mugabe, pero es cauto, sin duda recordando que Mugabe, en su última visita a Sudáfrica, recibió una ovación embarazosa por parte de la multitud negra. Esto no fue tanto una aprobación de su despotismo como un recordatorio de que la mayoría de los sudafricanos no ha olvidado una de las “promesas irrompibles” del ANC – que casi la tercera parte de la tierra cultivable sería redistribuida para el año 2000. Hoy la cifra es menos del 4 por ciento.

Mientras tanto, los desalojos continúan, junto con la desposesión en las zonas urbanas, los cortes del suministro de agua y la indignidad presente en todas partes de la mendicidad. “Nuestro país pertenece a todos los que viven en él,” dice en su inicio la Carta de Libertades del ANC, proclamada hace más de medio siglo. Recientemente, la policía sudafricana cálculo que el número de protestas a lo largo del país se había doblado en dos años a más de 10.000 al año. Esta puede ser la tasa más alta de disidencia en el mundo. Una vez más, como Kathy, lo llaman “lucha”.

(1) Congreso Nacional Africano

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