Por Jean Bricmont

Global Research, 13 de noviembre de 2016

CounterPunch, 11 de noviembre de 2016

Traducido por Mariola García Pedrajas

Hillary Clinton llamó a la mitad de los votantes de Trump “morralla”1. En todas las discusiones que he tenido con “liberales”2 estadounidenses, éstos me explicaron que los que apoyaban a Trump eran en su mayoría hombres blancos incultos.

Sin embargo, soy lo suficientemente viejo como para recordar una época en la que todos los partidos de izquierdas, socialistas o comunistas, e incluso el partido Demócrata estadounidense, tenían como base los trabajadores de la “clase trabajadora” o el “hombre corriente”. A nadie se le ocurría indagar si tenían títulos universitarios o investigar si sus opiniones eran o no políticamente correctas en temas de racismo, sexismo o homofobia.

Lo que definía a los trabajadores como sujetos progresistas era su condición de explotados económicamente y no algún tipo de ortodoxia ideológica o pureza moral.

A finales de los años 70 del pasado siglo un gran cambio tuvo lugar dentro de los partidos de izquierdas. Éstos fueron dominados cada vez más por miembros del mundo académico y su ideología cambio radicalmente de la de la izquierda clásica.

Muy lejos de tener como objetivo el establecer alguna forma de socialismo, o meramente de justicia social, la izquierda se convirtió en la campeona de la lucha por la igualdad de oportunidades, contra la discriminación y el prejuicio y – con el avance de la globalización – de la apertura de los mercados.

El más o menos mítico héroe de la izquierda ya no era el proletariado sino el marginal, el emigrante, el extranjero, el disidente o el rebelde – incluso si se trataba de fanáticos religiosos con los que ningún intelectual de izquierdas tendría nada que ver. Uno recuerda a Jean-Jacques Rousseau burlándose de aquellos que pretenden amar a los tártaros para evitar tener que amar a sus vecinos.

Poco a poco se forjó una nueva clase de alianza: el llamado uno por ciento, o de manera más realista el diez por ciento más rico que se beneficia de la globalización, se alía con la intelectualidad de clase media para vender la globalización en el nombre de la “apertura a los otros” y exhibe el espectro del racismo o el sexismo para atraer a minorías y a ciertas feministas (porque aunque las mujeres no son una minoría, ciertas reivindicaciones feministas son similares a las de las minorías).

Pero esta alianza era extremadamente antinatural en términos socioeconómicos, puesto que las principales víctimas de la globalización son los trabajadores menos cualificados, con frecuencia mujeres y miembros de las minorías.

El sesgo pro-globalización de la izquierda la llevó por mal camino paso a paso. Primero renunció a cualquier esfuerzo de regular la economía, contentándose con reclamar un reparto equitativo de los frutos del crecimiento asegurando la “igualdad de oportunidades”. Pero en el mundo real las desigualdades crecieron mucho más que la economía.

También imaginaron que se podían abolir las leyes internacionales y que una tal “comunidad internacional” – en la práctica los Estados Unidos y sus aliados – mantendría el orden mundial por medios militares. De nuevo, en el mundo real eso creo únicamente caos, refugiados y resistencia a ese orden estadounidense. De hecho, con el paso del tiempo, la propia población estadounidense fue víctima de un extraño desorden, “fatiga de guerra”. Excepto una minoría de ideólogos, apenas nadie en los Estados Unidos quiere soportar los costes de un imperio (ver http://www.bostonglobe.com/opinion/2016/10/30/the-fatal-expense-american-imperialism/teXS2xwA1UJbYd10WJBHHM/story.html para un lúcido análisis de estos costes).

Había que lidiar con las protestas de las víctimas de la globalización. El truco fue usar la ideología de la tolerancia: cualquier objeción a la globalización se etiquetaba como racismo o xenofobia. Los intelectuales se involucraron en “la lucha contra el racismo” con entusiasmo, con un ojo puesto en la preservación de su propia posición social privilegiada, al abrigo de las tormentas económicas de las globalización.

En los Estados Unidos, era suficiente con estigmatizar las opiniones no deseables; en Europa, se las llevaba a los tribunales.

Todo eso tenía que explotar antes o después, lo mismo que el Muro de Berlín se vino abajo cuando la URSS colapsó, y por las mismas razones: una élite autocomplaciente pero bastante incompetente, aislada de las realidades sociales, que afirma hacer lo que es mejor para la gente pero sin consultarla, y la cual al final ni siquiera reparte los beneficios prometidos, acaba provocando una rebelión contra ella misma.

Primero el Brexit, después Trump. Sea lo que sea lo que uno piense de ese individuo, mientras peor sean las cosas que dijeron de él los “liberales” estadounidenses, más se pone de manifiesto la enormidad de la derrota de éstos. Después de años de corrección política y sermones sobre feminismo y antirracismo, ¿qué puede ser más humillante que la elección de alguien que ha sido demonizado por feministas y antirracistas como Trump?

Para los ardientes defensores de la Unión Europea, la globalización y las guerras humanitarias, la victoria de Trump tiene un efecto comparable al de las huelgas de los trabajadores polacos contra el Partido Comunista gobernante: sacaron a la luz el descontento incluso en el proletariado que teóricamente ejercía la dictadura. La elección de Trump muestra la revuelta de la población estadounidense en la ciudadela misma del libre mercado y el imperialismo.

Queda por ver si Trump llevará a cabo los aspectos progresistas de su programa; proteccionismo y paz con Rusia. Esos eran los aspectos que más enfurecieron a la oligarquía, mucho más que sus comentarios groseros y sus contradicciones. Esos son por lo tanto los aspectos que requerirán la mayor inteligencia y determinación para hacerse realidad.

Una izquierda que se atreva a examinar de cerca sus errores pasados debería hacer todo lo que pueda para empujar a Trump en esa dirección, más que alienar a la población aún más subiéndose una vez más a su caballo de superioridad moral y vendiendo su alma a los líderes del Partido Demócrata responsable de su propia derrota3.

La versión original en francés fue publicada por RT:

https://francais.rt.com/opinions/28803-

Jean Bricmont es profesor de física en la Universidad de Lovaina en Bélgica. Es autor de Imperialismo humanitario: El uso de los Derechos Humanos para vender la guerra. Se puede contactar con él enJean.Bricmont@uclouvain.be

Artículo artículo en inglés usado para esta traducción:

http://www.globalresearch.ca/trumps-victory-arrogance-defeated/5556704

1 (N. de la T.) La traducción literal de la forma en que Hillary Clinton se refirió a los votantes de Trump es “cesta de deplorables” con ello estaba refiriéndose a que pertenecían a los grupos sociales de más baja condición social, por eso lo hemos traducido por “morralla” para que el significado de sus palabras quede perfectamente claro en el texto.

2 (N. de la T.) Hemos mantenido la palabra liberal que utilizada aquí como se usa en el mundo anglosajón se refiere a lo que en España podríamos llamar los “progresistas”.

3 (N. del A.) Sanders parece ir en esa dirección: «En la medida que el Sr. Trump sea serio en la implementación de políticas para mejorar las vidas de las familias de clase trabajadora en este país, yo y otros progresistas estamos preparados para trabajar con él» http://www.sanders.senate.gov/newsroom/press-releases/sanders-statement-on-trump