Por Nicolás García Pedrajas

La victoria de Donald Trump en las recientes elecciones de EE.UU. ha supuesto un terremoto en los ambientes progresistas1 tanto de EE.UU. como de Europa. Ha sido muy ilustrativo contemplar cómo la reacción de la derecha y la izquierda ha sido muy similar, mostrando la cada vez mayor similitud real entre las opciones de derecha y la izquierda progresista2, y sobre todo el hecho importante de que los representantes de ambas opciones proceden de la misma esfera social y tienen más en común entre ellos que cualquiera de ellos con la clase trabajadora. Escuchando las tertulias radiofónicas o leyendo las columnas de opinión dedicadas al resultado de la elecciones en EE.UU. era casi imposible distinguir la SER yCOPE o El Mundo, El País y El Diario.

Sin embargo, en España una de las reacciones más viscerales ha sido precisamente la de la izquierda alternativa. Durante la campaña presidencial había mantenido en la mayoría de los casos un prudente silencio, ya que el extenso currículo de Hillary Clinton en la promoción de guerras, corrupción personal y servicio al poder económico no la hacía una candidata apetecible de reivindicar en demasía. Sin embargo, la derrota de la que era realmente su candidata, aunque solo se admitiera por parte de muchos en privado, ha sacado lo peor, y desde luego lo más genuino, de esta izquierda progre y elitista que es ahora prácticamente la única que existe de forma organizada en los países occidentales y que ha cooptado todos los puestos importantes en los partidos políticos.

La prensa progresista, y su legión de expertos, politólogos y opinólogos de diverso pelaje, aún se está preguntando cómo los americanos han podido elegir a un zafio patán antes que una persona refinada, neoyorquina, educada en los mejores colegios y universidades y fiel sirviente del establishment3 durante toda su vida como Hillary Clinton. Es muy evidente la separación de toda esta prensa progresista de cualquier persona de la clase trabajadora. Hasta periódicos tan dentro del establishment como el New York Times publicaban un artículo de opinión en el cual el periodista Jim Rutenberg reconocía la total separación de los medios de comunicación de la realidad de la clase trabajadora. De forma irónica el autor de artículo decía que cuando los medios progresistas quieran saber qué opina la clase trabajadora llaman a un experto en clase trabajadora…

Estos medios han construido una imagen de Donald Trump como algo grotesco que sirve muy bien a los intereses de la clase liberal4 americana que se ha acomodado a aceptar un capitalismo sin restricciones de ningún tipo y el imperialismo de EE.UU. En lugar de analizar la trayectoria de Hillary Clinton, a la que apoyan sin fisuras, es más sencillo plantar enfrente un monstruo al que odiar. Los análisis de las políticas desarrolladas y las propuestas se sustituyen por el esperpento. Resultan más criticables para esta izquierda liberal las palabras que los hechos. Se instala en lo políticamente correcto, sin ninguna preocupación por lo que de verdad se hace. Se hace hincapié en los comentarios racistas de Trump pero se ignora que el siempre correcto Barack Obama ha sido el presidente que más emigrantes ha expulsado en toda la historia de EE.UU. Se hace hincapié en los comentarios de Trump sobre las mujeres y se ignora el comportamiento de Hillary Clinton ante la larga lista de casos muy cercanos al acoso y al abuso sexual que protagonizó su marido desde que era gobernador de Arkansas. Se ignora incluso su participación activa en conspiraciones para desacreditar y amedrentar a víctimas y testigos. Se critican algunas declaraciones más o menos bravuconas de Trump y se ignora la participación de Clinton en la destrucción de Libia, la guerra en Siria o su apoyo al aplastamiento de los revueltas por parte de Arabia Saudí en sus países vecinos. Se ignora también sus planes de una escalada en el enfrentamiento con Rusia que bien podrían haber abocado al planeta a una Tercera Guerra Mundial.

De la misma forma, la imagen grotesca de Trump se traslada a sus votantes. Convertir a los 60 millones de votantes de Trump en una masa amorfa de seres despreciables sirve mucho a su elitismo progresista pero sirve poco para entender la realidad. No entienden nada de lo que pasa, mientras pontifican desde sus redes sociales y se entretienen con patriarcados, identidades transgenero y trending topics, ignoran completamente a una clase trabajadora que está preocupada por dar de comer y vestir a sus hijos, por saber si podrán ir a la universidad en un país donde la educación superior es un lujo al alcance de un segmento cada vez más minoritario o por cómo pagar la sanidad en un país donde no existe la sanidad pública y donde los trabajadores saben de sobra que el tan publicitado Obamacare es solo un enorme regalo a las compañías aseguradoras. Mientras desde sus barrios acomodados desprecian a los trabajadores por racistas, eligen ignorar que los inmigrantes ilegales y los refugiados no irán a sus barrios caros ni competirán por las becas de comedor con sus hijos. Es muy fácil dar la bienvenida a los refugiados desde el cómodo sillón del ayuntamiento o desde un pisito en el centro de una gran ciudad. Todo es mucho más sencillo desde su puesto en la Universidad, desde las tertulias bien pagadas y desde las conferencias a buen precio. La superioridad moral desde el nivel de vida de los privilegiados es muy simple y muy reconfortante.

Pero para este segmento de intelectuales progresistas la victoria de Trump ha supuesto la constatación de su cada vez más reducida capacidad de influencia. Hillary Clinton ha perdido las elecciones a pesar de contar con el apoyo casi en su totalidad de los intelectuales liberales. Por ello, ante su cada vez menor influencia en la sociedad, los intelectuales guardianes de la pureza moral de la izquierda han vertido toda serie de improperios sobre la clase trabajadora. Si uno lee los periódicos o escucha a los opinólogos de los programas de referencia progresista los votantes de Trump, y por tanto los trabajadores y trabajadoras que es donde están una parte muy importante de sus votos, son iletrados, ignorantes, estúpidos, patanes, racistas, homófobos, misóginos, idiotas, pueblerinos y un largo etcétera5. Es curioso, que los mismos que se erigen en defensores de la clase trabajadora no dudan en despreciarla en el momento que los trabajadores no reconocen con su voto su superioridad intelectual y moral. Es en esos momentos de ira cuando estos progresistas muestran su verdadera naturaleza elitista. En España asistimos a la misma reacción cuando en las elecciones generales de junio Podemos obtuvo un muy mal resultado. Los insultos a todos aquellos que osaron no votar a “la generación mejor preparada de la historia” aún están calientes en la hemeroteca.

El problema para esta izquierda es que su creciente distanciamiento de la clase trabajadora acabará por hacerla irrelevante6. Sus continuos tics elitistas y su defensa de los intereses de su propia clase, la élite trabajadora, la hacen cada vez más ajena a los trabajadores y trabajadoras de verdad. Los temas fundamentales de su discurso son cada vez más distantes de las preocupaciones de la clase trabajadora. Es mucho más frecuente oírlos hablar de animalismo, patriarcado, transgénero o ecología, que de explotación de la clase trabajadora. Así son mucho más aceptables al sistema capitalista, pero desde luego muy poco útiles a los trabajadores explotados por éste. Para su propio ascenso social esa aceptabilidad es fundamental. Podemos, por citar un ejemplo cercano, no habría recibido nunca el masivo apoyo mediático que ha tenido por parte de grandes medios de comunicación si no hubiera pasado este filtro de aceptabilidad y hubiera puesto realmente en cuestión las bases del establishment.

Esta distancia se refleja en toda su crudeza cuando los nuevos líderes de estos partidos de izquierda progresista tratan de erigirse en portavoces de la clase obrera. En un artículo al hilo de la victoria de Trump, unos de los líderes de Podemos, perdón de IU…, Alberto Garzón hace un crítica a la “izquierda pija” y llama a la verdadera izquierda a recuperar a la clase trabajadora. Para ello su medida es implicarse más en los “movimientos sociales”, una forma fina de llamar a los abundantes chiringuitos que al calor del progresismo dan cobijo, mesa y mantel a muchos vividores del cuento. Resulta revelador que incluso cuando se pretende ser portavoz de la clase obrera ni así se entiende ya a los trabajadores. El problema de esta izquierda progre y pija es que incluso cuando quiere mostrar que no lo son es cuando más dejan patente que sí lo son. Los trabajadores no están en los “movimientos sociales”, ni en las ONGs, ni en las “luchas”, ni en los carriles bici… están trabajando muchas horas al día por salarios cada vez peores o están buscando trabajo cada vez con menos esperanza. El poco tiempo que les queda para descansar desde luego no lo van a invertir en los “movimientos sociales” donde solo hay progres que los desprecian y arribistas que los usan como trampolín a la política y al sueldo público como bien hemos visto en los últimos tiempos.

Su nivel de desconocimiento es tal que la respuesta a lo que está pasando resulta penosa. Yanis Varoufakis defiende tras la victoria de Trump y la reciente del Brexit una propuesta de más Europa. Ante una clase trabajadora que solo ve en Europa un grupo de burócratas al servicio de las multinacionales la solución es crear otro movimiento de vividores del cuento que le se dirija a esa clase trabajadora con la misma música que han repudiado. ¡Brillante! De la misma forma la comisión europea debatió hace poco regalar un billete Interrail a los jóvenes europeos cuando cumplan 18 años para fomentar que se sientan más cerca de Europa. De nuevo la absoluta ceguera de los que pasa más allá de su pequeño círculo privilegiado. Regalar un Interrail a una persona que por su situación social apenas tiene acceso a servicios básicos, y que por lo tanto no podrá usarlo de ninguna manera, es una broma cruel que seguro aumentará su identificación con el proyecto europeo.

Esta distanciamiento de la izquierda intelectual de la clase trabajadora es un proceso que viene de lejos. En un reciente artículo dedicado a explicar lo que significa la victoria de Trump, Jean Bricmont explica muy bien el fenómeno que ha ocurrido en la izquierda y que la está llevando a su total irrelevancia. En este artículo (se puede consultar en francés, inglés y español) indica como a partir de los años 70 los líderes de la izquierda fueron modificando su procedencia desde la clase obrera a proceder de la universidad y los ambientes intelectuales. Esta sustitución llevó paulatinamente a la modificación del objetivo de la lucha desde la explotación económica, algo a lo que empezaban a ser ajenos los nuevos líderes provenientes de la élite trabajadora, y su sustitución por causas como el racismo, los derechos de los homosexuales o la ecología7, enfocadas de manera que las desligaba por completo de la crítica al sistema de explotación económica y que tenían como principal objetivo mostrar la “superioridad moral” de quienes las enarbolaban como bandera. Este cambio fue apoyado por el capitalismo que ve en estos objetivos una forma de crítica que no cuestiona en modo alguno los principios de explotación de la clase trabajadora en las cuales se apoya su beneficio.

Así, mientras los medios y periodistas liberales se escandalizaban de cualquier comentario sexista de Trump, ignoraban completamente la situación de la clase trabajadora en EE.UU. Ignoraban los millones de trabajadores que a pesar de tener un puesto de trabajo viven en el umbral de la pobreza, ignoraban como el acceso a la educación es cada vez más difícil o como un trabajo ya ni siquiera garantiza la cobertura de las necesidades básicas.

Para aquellos progresistas que han tratado de ser algo más condescendientes, una de las explicaciones más extendidas ha sido la de achacar el triunfo de Trump al hecho de que la izquierda no está siendo capaz de articular una respuesta al neoliberalismo que defienda a la clase trabajadora. Esta es la enorme mentira de los partidos de izquierda o progresistas actuales. Ninguno de estos partidos es ya una herramienta de la clase trabajadora. Tanto el Partido Demócrata en EE.UU., como partidos similares en Europa, los Laboristas en Reino Unido, el PSF en Francia o el PSOE y Podemos en España, hace mucho tiempo que dejaron de representar a los trabajadores. Aunque en sus bases quede un pequeño reducto de trabajadores y trabajadoras, sus puestos de dirección están copados por representantes de la pequeña burguesía y la élite trabajadora8, ajenos totalmente al obrero. Su desprecio al obrero se destila en todo su comportamiento. En estos últimos días solo hay que oír y leer los comentarios de la intelectualidad progre sobre los votantes de Trump para conocer el nivel de desprecio y superioridad intelectual con el que se comportan los representantes de esta izquierda.

Por ello es mentira que los partidos de la izquierda no hayan sabido proponer una alternativa de defensa de la clase trabajadora. Es que no han querido, porque la clase trabajadora de verdad le es tan extraña a ellos como a los líderes de los partidos neoliberales. Son producto de las misma élites. Sus intereses no tienen nada que ver con la clase trabajadora cada vez más ploletariarizada.

Este progresismo defiende los mismos intereses que la derecha, solo le molesta que la imagen exterior no corresponda a lo políticamente correcto. Así se muestran entusiastas de Obama e ignoran su absolutamente nulo compromiso con los negros, su récord de deportación de inmigrantes ilegales9 o su estafa con la supuesta sanidad universal, que solo ha sido un regalo de miles de millones a las empresas aseguradoras.

La victoria de Trump viene a golpear de nuevo a unas élites liberales que desde su torre de marfil desprecian a la clase trabajadora por ignorante y que cada vez comprenden menos lo que está pasando. Hacen continuas referencias al miedo, pero son ellos, con su miedo a perder sus magros privilegios como servidores del capitalismo los que que están paralizados por el miedo, porque su nivel de desconexión con la realidad de la clase trabajadora los está haciendo paulatinamente menos útiles y por ello prescindibles.

Y todavía se preguntan por qué ha ganado Trump…

Y todavía se preguntan por qué los trabajadores y las trabajadoras no los votan a ellos…

“They hate you if you’re clever and they despise a fool”

Working Class Hero (John Lennon)

1 Usamos la palabra progresista pare referirnos a la izquierda elistista que domina actualmente el panorama en Europa y que en EE.UU. se conoce como liberal. No usamos la palabra liberal porque en España esto generaría confusión.

2 Para evitar confusión, la izquierda a la que nos referimos sería la que en España estaría representada por partidos como PSOE, Podemos (e IU) o ERC.

3 Usamos el término establishment para referirnos al conglomerado de intereses capitalistas que gobierna realmente en las democracias occidentales. Usamos el termino en inglés porque es ya de uso común y nos permite una forma concisa de expresión.

4 Usamos aquí el término liberal tal y como se entiende en EE.UU., algo muy similar a lo que en Europa se denominaría como progresista.

5 Todos estos calificativos proceden de artículos reales publicados en los últimos días en los medios de izquierdas.

6 Lo que en modo alguno es algo negativo. Si queda algo de esperanza en una izquierda de clase trabajadora pasa sin ninguna duda por la desaparición de esta falsa izquierda.

7 Es evidente que la mayoría de estas causas son importantes, el problema es que la izquierda progresistas ha abandonado toda defensa de la clase trabajadora y la ha sustituido por la defensa de las minorías. La defensa en exclusiva de las minorías hace a la izquierda inocua ante el capital y además abona el ascenso de la extrema derecha. Ante el abandono de la clase trabajadora por la izquierda la extrema derecha tiene muy fácil recoger el discurso de defensa de los trabajadores y usarlo para enfrentarlos a las minorías.

8 Como dirían en Podemos, la “generación mejor preparada de la historia”.

9 Resulta penoso comprobar que los mismos que critican a Trump por su amenaza de deportar a los inmigrantes ilegales ignoren que Obama es el presidente que ha deportado a más inmigrantes ilegales de toda la historia de EE.UU.