Por Jonathan Cook

14 de noviembre de 2015

Traducido por Mariola García Pedrajas

Un artículo en la publicación australiana New Matilda(1) plantea la verdadera cuestión sobre los ataques de la pasada noche en París – algo de lo que nadie quiere hablar. Lo que los occidentales sienten ahora mismo es una fuerte y muy selectiva indignación que se identifica con el sufrimientos de personas “como nosotros”. Lloramos las muertes en París mientras que ni siquiera reparamos en aquellos asesinados en Líbano un día antes y muy probablemente por los mismos fanáticos que lanzaron los ataques en Francia.

A muchos occidentales les gusta despachar tales observaciones con un simple “¿y qué?”. Es natural, dicen, preocuparse más por gente que conocemos o que son similares a nosotros. Esa reacción instintiva puede que sea reconfortante, pero es justamente el problema.

Después de todo, ¿qué nos lleva a nuestra indignación selectiva si no compasión selectiva? Pero nuestra compasión selectiva es la que nos metió en este lío para empezar. Como europeos siempre nos hemos visto a nosotros mismos como plenamente humanos, pero a aquellos en Oriente Medio y la mayor parte del resto del mundo como ligeramente menos que humanos, y no exactamente igual de dignos de merecer nuestra simpatía. Fueros tales sentimientos los que le permitieron a Europa colonizar, abusar y explotar los pueblos de piel oscura.

Este racismo histórico que nosotros los europeos estamos más que dispuestos a admitir, y comprendemos que alimentó el colonialismo, no es algo del pasado. Aún se desarrolla en lo profundo de nuestras almas. Donde una vez sentimos la carga del hombre blanco, ahora sentimos su indignación. Ambas obedecen a la misma arrogancia, y a la misma adscripción de cualidades humanas inferiores a aquellos que vemos como diferentes a nosotros.

Todavía estamos intentando civilizar a los pueblos de piel oscura. Todavía creemos que tenemos el derecho a cambiarlos, doblegarlos a nuestra voluntad, mejorarlos por la fuerza. Todavía queremos darles lecciones, condenarlos, amenazarlos, anular sus elecciones, armar a sus líderes opresivos, saquear sus recursos.

Y después de destruir sus sociedades, esperamos ser capaces de cerrarles nuestras fronteras mientras se lanzan a un viaje desesperado para encontrar algo de paz, algo de seguridad lejos de las zonas de guerra en Afganistán, Irak, Libia, Siria y otros sitios que o bien creamos directamente o apoyamos con nuestras armas y dinero.

Nuestro racismo no ha cambiado. Está vivo y creando nuevas justificaciones para nuestra compasión selectiva cada día.

Lo que ha cambiado son los avances tecnológicos para crear armas de muerte y destrucción cada vez más fáciles y baratas de adquirir. Aquellos que una vez oprimimos con impunidad y lejos de nuestros hogares, fuera de nuestra vista, pueden ahora encontrarnos y darnos a probar un poco de nuestra propia medicina.

Si queremos parar los ataques, y evitar convertir nuestras sociedades en las dictaduras opresivas que hemos apoyado en la mayor parte del resto del planeta, entonces tenemos que dejar de interferir, saquear, manipular y abusar. Y tenemos que empezar por rechazar el permitirnos a nosotros mismos identificarnos más con las víctimas en París que con aquellas en Beirut. Si fuéramos realmente tan civilizados como creemos, entenderíamos que ambas son igualmente merecedoras de nuestras compasión.

(1) https://newmatilda.com/2015/11/14/paris-attacks-highlight-western-vulnerability-and-our-selective-grief-and-outrage/

Artículo original en inglés:

http://www.jonathan-cook.net/blog/2015-11-14/outrage-at-paris-attacks-masks-our-racism/