Nota de los editores del blog: Hemos traducido este artículo de T.P. Wilkinson, publicado en mayo de 2014, porque pensamos que hace un análisis certero sobre quiénes crearon el concepto de guerra fría y para servir a qué intereses. Ahora que los rusos vuelven a ser los malos y se habla mucho de “nueva guerra fría” creemos que análisis de este tipo son de gran relevancia. Resumimos las ideas básicas de este largo artículo. Tras la Segunda Guerra Mundial EE.UU. se preparaba para heredar de manera formal las colonias de los países europeos pero el enorme ímpetu que había tomado la lucha anticolonial en esos países suponía un obstáculo. Internamente, tanto en el propio EE.UU. como en otros países occidentales, se enfrentaban además al peligro que podía suponer la propagación de las ideas de izquierdas. Para conjurar ambos peligros se creó el concepto de guerra fría. Esta invención permitió a EE.UU. disfrazar las conquistas de su imperio, siempre en expansión, de protección del mundo frente a una Unión Soviética siempre en expansión. A su vez, le proporcionó la excusa para actuar internamente contra cualquier movimiento que cuestionara el sistema, acusándolo de inspiración soviética y por lo tanto de agente de la Unión Soviética. Como indica el autor, la Guerra Fría no terminó con la desaparición de la Unión Soviética porque nunca tuvo nada que ver con un enfrentamiento entre EE.UU. y la Unión Soviética. Fue una guerra lanzada unilateralmente por EE.UU. para luchar por unos intereses, los del capitalismo, que siguen estando ahí. Por lo tanto, el edificio propagandístico creado en torno a la guerra fría se sigue usando siempre que es necesario. Cuando se entiende esto es fácil explicar hechos como la reciente concesión del Nobel de Literatura a Svetalana Alexievich. Los autores africanos tendrán que esperar a que EE.UU. no tenga tanta necesidad como en el presente de dar visibilidad a quienes son de gran utilidad en su propaganda de “guerra fría”.
¿Estamos ante una nueva “Guerra Fría”? La antigua, entendida correctamente, nunca terminó

¿Estamos ante una nueva “Guerra Fría”? La antigua, entendida correctamente, nunca terminó

Dr T. P. Wilkinson

Black Agenda Report, 20/05/2014

Traducido por Mariola García Pedrajas

En los medios de habla inglesa – probablemente las fuentes de datos más censuradas del mundo (volveré más tarde sobre este punto) – se repite continuamente la pregunta de si estamos ante una nueva Guerra Fría. ¿Por qué debería a nadie preocuparle una nueva “guerra fría”? ¿Quizás sería más relevante preocuparse sobre el estado de las guerras “calientes” presentes y futuras?

La “antigua guerra fría” fue una invención del régimen de EE.UU. Bernard Baruch, uno de los dos banqueros más prominentes de Carolina de Sur (el otro era James Byrnes) introdujo el término en el discurso político estadounidense con la ayuda de, entre otros, el decano de propaganda política Walter Lippman, mientras el imperio estadounidense se movilizaba para absorber los restos de los imperios europeos tras la derrota de Japón. Los 50 años posteriores de engrandecimiento de EE.UU. se orquestaron con una marcha sin fin contra cualquier intento de aplicar en la práctica el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas. Internamente esta “guerra fría” implicó tanto acciones encubiertas como públicas contra cualquier forma de disidencia política, coordinadas por el FBI (e.g. COINTELPRO) y la CIA, pero en última instancia iniciadas y mantenidas por los mayores conglomerados corporativos cuyo objetivo fundamental era perpetuar la mina de oro industrial-militar que le había traído la Segunda Guerra Mundial. En pocas palabras, la “guerra fría” supuso para todos excepto para la clase media blanca y la élite gobernante, la supresión de cualquier demanda de justicia económica en tiempos de paz. Como dijo una vez Tony Benn, el recientemente fallecido político laborista de Gran Bretaña, tras la guerra la gente preguntaba ¿si pudimos organizar el pleno empleo para la guerra, por qué no podemos organizar el pleno empleo para la paz? Esta pregunta se respondió con la variante para uso doméstico de la guerra fría, que el empleo para la guerra es el único empleo suficientemente rentable para justificar la implicación del sector privado.

Tras la rendición de Italia, Alemania y Japón en 1945, el mundo estaba exhausto – excepto por EE.UU., que terminó la guerra indemne y con pérdidas mínimas de hombres en combate. Ya tras el final de la Primera Guerra Mundial, la élite de EE.UU. había realizado grandes avances en la usurpación del puesto a sus rivales europeos. Francia y Gran Bretaña debían enormes sumas a los bancos de EE.UU. que financiaron sus actividades en la guerra de 1914-1918. Sin embargo, EE.UU. no estaba totalmente equipado para dominar Europa directamente por lo tanto Francia y Gran Bretaña mantuvieron sus imperios, mientras ayudaban al régimen de EE.UU. en su intento de suprimir la Revolución Rusa. Esta parte de la historia de EE.UU. que ha sido mantenida en la oscuridad fue una guerra caliente en la que tropas de EE.UU. fueron desplegadas en la Unión Soviética para apoyar una dictadura fascista aspirante al poder y destruir el gobierno bajo Lenin. La acción militar terminó alrededor de 1922 cuando las últimas tropas de EE.UU., Gran Bretaña, la Legión Checa y Japón se retiraron del territorio de la URSS. La Segunda Guerra Mundial por el contrario terminó con EE.UU. como la única e indiscutible potencia imperialista sobre el planeta. En esencia había hecho la continuación formal de los imperios británico y francés dependiente de que los gobiernos de estos países concedieran a EE.UU. acceso abierto y sin restricciones a los mercados coloniales – y con el Plan Marshall, virtualmente acceso sin restricciones a los mercados de la Europa occidental.

“Ni el régimen de EE.UU. ni sus vasallos europeos anticiparon que el final de la Segunda Guerra Mundial daría un ímpetu tan enorme a las luchas anticoloniales.”

Todo esto se había acordado más o menos en Bretton Woods en 1944 y en los preliminares de la conferencia de las Naciones Unidas en San Francisco en 1945. El dólar estadounidense se convertiría en la divisa mundial y el “comercio” internacional estaría regulado por la convertibilidad del dólar. Sin embargo, ni el régimen de EE.UU. ni sus vasallos europeos anticiparon que el final de la Segunda Guerra Mundial daría un ímpetu tan enorme a las luchas anticoloniales. Como señaló Michael Manley, antiguo primer ministro jamaicano, las potencias coloniales concertaron los acuerdos de Bretton Woods de acuerdo con sus intereses, asumiendo que los demás países, como su Jamaica, funcionarían simplemente como parte de sus respectivos imperios. No se incluyó ninguna provisión para una distribución económica posguerra que incluyera nuevos países independientes – éstos ni siquiera estaban contemplados.

Sin embargo tras 1945 las colonias de Francia, Gran Bretaña, los Países Bajos, Bélgica, e incluso del propio EE.UU., exigieron independencia e igualdad tras lo que en algunos casos habían sido siglos y en otros solo décadas de explotación y opresión para enriquecimiento de europeos a ambos lados del Atlántico. La reticencia y negativa a contemplar tales exigencias provocó en los habitantes de las distintas colonias diversos niveles de resistencia, dando lugar a respuestas tanto políticas como militares. Como resultado de ello la guerra mundial continuó, no contra europeos, sino contra las dos terceras partes de la población mundial que luchaba para escapar de la dominación euro-estadounidense.

La resistencia de los pueblos colonizados a la restauración de la dominación euro-estadounidense tras la guerra hizo que la élite euro-estadounidense dedicara enormes esfuerzos a sofocar económicamente a los nuevos países independientes y estrangular económicamente a aquellos que estaban luchando para establecer su independencia. Esta fue la “guerra caliente” librada de forma ininterrumpida desde 1945 a 1989. Esta fue la Guerra que Baruch y Byrnes – con fuertes conexiones con el gobierno nacional de EE.UU. y ejemplos paradigmáticos del régimen de colonos blancos (cuyo hogar espiritual aún se encuentra en el sur profundo) – consideraban que había que librar para que EE.UU. pudiera seguir reclamando la mayor parte de los recursos naturales del mundo. Tanto Baruch como Byrnes comprendían que, en primer lugar, sería muy complicado vender múltiples ataques contra países ricos en recursos sin la capacidad de prevalecer internamente. Por otro lado, la Unión Soviética – que gozaba de buena reputación entre la mayoría de la población trabajadora incluso en EE.UU. – podía suponer un obstáculo importante en la expansión de EE.UU. Aunque el final de la Segunda Guerra Mundial dejó a la URSS con casi 30 millones de muertos y mucha de la infraestructura que había construido desde la Revolución destruida, ambos banqueros sureños sabían – al igual que sus homólogos en la oligarquía blanca del noreste – que la Unión Soviética era increíblemente resistente habiendo sido capaz de derrotar a la Wehrmacht alemana. También sabían que incluso un moderadamente exitoso régimen “socialista” de esa magnitud supondría un reto tanto económico como ideológico a la plutocracia rapaz que dominaba occidente. La Unión Soviética proporcionó a la oligarquía de EE.UU. la coartada perfecta para sus guerras de conquista colonial después de 1945. Baruch y Byrnes, entre otros, ayudaron a establecer en la mente de los estadounidenses, y de aquellos bajo la influencia ideológica de EE.UU., la idea de que EE.UU. no estaba conquistando para promover un imperio siempre en expansión sino “protegiendo” al mundo de una Unión Soviética siempre en expansión.

Placer y dolor: consumismo por encima de comunismo

Como proclamaban devotamente primero Edward Bernays y después Walter Lippman, el consenso se crea y es esencial para la clase política de EE.UU. dominar la creación de opinión pública como un sustituto al proceso político democrático. La manufactura de opinión está relacionada con la censura pero no es censura en la forma en que ésta se define popularmente – la prohibición de escribir o decir algo. Bernays quería decir propaganda – o como se llamaría después “relaciones públicas” – censura combinada con manipulación.

La censura en los medios de habla inglesa raramente implica una intervención “oficial”. Aunque tal intervención ocurre de vez en cuando, la mayor parte del control, si no todo, se ejerce gracias a un control absoluto de los derechos de propiedad y no por el permiso o la prohibición del estado. La censura clásica está confinada casi por completo al ejército, donde está generalmente aceptada como legítima – lo mismo que la guerra. Los periodistas – propagandistas profesionales corporativos – tienen un interés particular en mantener la ilusión de que la información pública, el acceso directo y sin filtrar a lo que son ahora en gran medida flujos de datos, se ve amenazado por la censura del Estado. Esto en EE.UU. y Reino Unido tiene el efecto de desacreditar el control público (en la medida que sometido a un control democrático residual) dando preferencia al “control privado.” La reciente fanfarria de trompetas por Glen Greenwald es un ejemplo perfecto de esta distracción emocional. El Sr. Greenwald dejó The Guardian (un nombre más adecuado sería Manchester Guardian – como guardián del capitalismo de Manchester) para publicar de forma selectiva su marca de periodismo privado con el apoyo financiero de la fortuna de ebay (noticias para subastar uno podría preguntarse). Durante la guerra de Vietnam había un intenso quid pro quo entre periodistas corporativos y comandantes del ejército y funcionarios imperiales que operaban de forma encubierta, que persiste hoy en día – también entre los veteranos amanuenses de una guerra tan ostensiblemente televisada.

La principal forma de censura en los medios de comunicación de masas de habla inglesa es simplemente el ejercicio de la propiedad, de los derechos de propiedad santificados. Probablemente en ninguna otra cultura del mundo se defiende de forma tan radical la asociación de la comunicación a la propiedad privada como entre las gentes de habla inglesa – quienes desde 1945 han dominado los medios de masas más que cualquier otro, aparte quizás de la iglesia católica de la época medieval. Esto ha tenido el efecto de convertir la protección de la propiedad privada – capital – en el interés más poderoso que controla los medios de comunicación de masas hoy en día en todas sus formas. Este control sobre los medios de comunicación de masas se ha usado para crear consenso, y cuando eso no ha sido posible la apariencia de consenso, sobre cualquier tema que sirva a los intereses de los propietarios de los medios – como propietarios, como miembros de una clase cuyo atributo que la define es que son propietarios de todo.

“Dentro del propio EE.UU., todas las demandas de justicia a la élite blanca fueron clasificadas de inspiración soviética y por lo tanto potencialmente traidoras.”

Puesto que no había ningún consenso anti-soviético en 1945 – excepto entre la élite blanca gobernante – se hizo necesario crearlo. Y este consenso se creó con gran brío. El “Moisés” del anticomunismo de posguerra, George Kenna, trajo sus tablas de la ley desde Moscú al Consejo de Relaciones Exteriores donde fueron santificadas. Lo mismo que Freud sembró la duda sobre la veracidad de la tradición de Moisés, uno debería preguntarse como un postadolescente graduado de la Ivy League pudo viajar en tren hasta Moscú sin ninguna idea sobre el país excepto el obtenido de las sagradas escrituras, y con una total falta de consideración por la reciente y despiadada guerra de aniquilación contra el país, que acababa de terminar, pretendiendo explicar el “poder soviético”.

En consonancia con la tradición hipócrita y mendaz sobre la que se fundó originalmente EE.UU., todas las luchas internas, por ejemplo por una verdadera igualdad racial y el final del apartheid, especialmente en su forma sureña más obvia y violenta, fueron convertidas en subversión comunista/soviética. El odio constitutivo que la clase capitalista de colonos blancos alberga por los descendientes de la población esclava tomó ahora la forma de una versión de anticomunismo, que por supuesto tenía que ser enraizado en una supuesta conspiración extranjera – concebida en la Unión Soviética por supuesto. En la era prebélica al igual que en el periodo anterior a la Declaración Universal de Independencia de 1776, los dueños de esclavos afirmaban a menudo que eran gentes de fuera o influencias extranjeras las que estaban agitando a los por otra parte esclavos “felices” para que se rebelaran. No era concebible que los esclavos se rebelaran por sí mismos para obtener su libertad. Dentro del propio EE.UU., todas las demandas de justicia a la élite blanca fueron clasificadas de inspiración soviética y por lo tanto potencialmente traidoras. En el extranjero los movimientos de independencia eran clasificados inmediatamente como comunistas/controlados por los soviéticos si no reconocían la hegemonía mundial de EE.UU. “X” no tenía que considerar los hechos, su trabajo era dar una justificación solo por la fe – una fe adoptada por la totalidad de la clase política de EE.UU. y profundamente arraigada hasta nuestros días. En el mundo de habla inglesa, el periodismo de corriente principal es el principal agente de lo que Orwell llamó “la policía del pensamiento”.

La CIA: el ministerio del amor y la paz

Crítico para la creación de un sistema de guerra permanente – fiel a las predicciones de Orwell, siempre llamada “paz” – fue el establecimiento de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés). Aunque oficialmente el propósito de la CIA era coordinar todas las actividades de inteligencia nacional para la rama ejecutiva del régimen de EE.UU., esto plantea el interrogante, ¿cuáles son esas actividades? La historia oficial afirma que la CIA fue establecida para reavivar la OSS. La Oficina de Servicios Estratégicos (OSS, por sus siglas en inglés) fue una organización de inteligencia/contrainteligencia en tiempo de guerra. La creencia popular y el mito piensan que la inteligencia en tiempos de guerra es el proceso de enterarse de lo que planea el enemigo u operaciones defensivas. Sin embargo, esta descripción académica oculta las verdaderas raíces de la OSS y su sucesora la CIA. Antes de la Segunda Guerra Mundial las grandes corporaciones de EE.UU. establecían y mantenían el control de sus feudos en el extranjero empleando mercenarios y comprando líderes políticos. Esta actividad se gestionó algunas veces de forma directa pero para proteger estas corporaciones de los ataques directos contra sus activos y para simplificar el medio ambiente competitivo (léase para debilitar a la competencia), surgió una clase de bufetes de abogados especializada en gestionar la guerra de las corporaciones, si era necesario a distancia. El ejemplo paradigmático de estos bufetes de abogados era Sullivan & Cromwell, el alma mater de los infames hermanos Dulles. El jefe de la OSS era William Donovan, un abogado aventurero que había establecido su propio bufete mercenario, Donovan, Leisure. La Segunda Guerra Mundial catalizó el proceso por el cual gran parte de la industria pesada pasó a estar directamente regulada por las agencias del gobierno dominadas a su vez por las industrias reguladas. El Estado se convirtió en el instrumento clave para el ejercicio del poder sobre la economía y la sociedad por parte de los cárteles de las corporaciones y sus dueños. El sector de los bufetes de abogados mercenarios, incluidos los bancos de inversiones, también aprovecharon la oportunidad para organizar una agencia estatal que regulara las actividades de vigilancia policial internacional de las corporaciones. La OSS fue básicamente el germen de lo que sería la CIA – lo que Philip Agee llamó “el ejército invisible del capitalismo” (uno debería añadir su “policía secreta” también).

“El ‘sueño americano’ fue reanimado a pesar de que la población negra fue excluida casi por completo del mismo.”

La creación de la CIA y los orígenes de la “Guerra Fría” son inseparables. La CIA fue fundada en 1947, el mismo año que Bernard Baruch dio su infame discurso “guerra fría” en Carolina del Sur. Durante el proceso de reestructuración del EE.UU. de posguerra hacía un rearme masivo, una posición de guerra permanente, y la conquista de las posesiones europeas a punto de ser abandonadas, se aplicaron las lecciones del Comité Creel – encargado por Woodrow Wilson (también nativo de Carolina del Sur) de cómo vender la intervención de EE.UU. en la Primera Guerra Mundial. El ‘sueño americano’ fue reanimado a pesar de que la población negra fue excluida casi por completo del mismo. Se lanzó el Plan Marshall para vender el mito a europeos desposeídos, mientras las corporaciones de EE.UU. invadían sus economías. Se creó la OTAN para subordinar los diferentes ejércitos de la Europa occidental al mando de EE.UU. y restaurar la amenaza contra la Unión Soviética que había desaparecido cuando la Wehrmacht de Hitler fue derrotada. La OTAN también creó vehículos para la expansión de la base de clientes de los fabricantes de armas de EE.UU. mientras se estimulaba la demanda.

Para el año 1949, el régimen de EE.UU. había tenido éxito en la manipulación de las elecciones en la mayoría de los países europeos a su favor, estableciendo gobiernos de derecha o “centro-derecha”, a pesar de que las mayorías favorecían partidos socialistas o socialdemócratas. Había estabilizado la posición de sus dos aliados dictatoriales, Franco y Salazar, dentro de la OTAN, y junto con Gran Bretaña había sometido el antifascismo en Grecia. Con Europa pacificada, podía dedicar su atención a absorber o apoderarse del resto del mundo no protegido por la Unión Soviética.

El “pivote asiático” original

Al principio todo parecía brillante hasta que el 1 de octubre de 1949 el régimen de EE.UU. tuvo que aceptar la derrota de su ejército clientelar bajo el señor de la guerra Chiang-Kai-Shek. De pronto, EE.UU. había “perdido China.” El llamado lobby chino – una coalición de intereses bancarios y de contrabando (e.g. drogas) e intereses militares feudales, del que era un ejemplo el antiguo gobernador colonial de Filipinas, Douglas MacArthur- inició una campaña de largo alcance para movilizar a EE.UU. como un todo para restaurar por la fuerza el control euro-estadounidense sobre la economía china. Si fue una relativa cordura en EE.UU. o el extremismo del propio lobby (en su día casi tan poderoso como el lobby de Israel hoy en día) lo que previno una guerra total es debatible. El impacto sicológico de “la pérdida de China” ciertamente acentuó el estatus del aparato de seguridad nacional emergente que entonces convirtió la “perdida” en un argumento a favor de un control incluso más riguroso de las actividades políticas tanto internamente como en el extranjero.

Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que el régimen de EE.UU. se movilizara de nuevo en Asia. La derrota del imperio japonés había sido un elemento esencial en la expansión de EE.UU. en el Pacífico. Antes de la Segunda Guerra Mundial, de hecho con la conclusión de la guerra ruso-japonesa, el régimen de EE.UU. tenía como objetivo dominar Asia a través de Japón. Así, fue el presidente de EE.UU. Theodore Roosevelt quien autorizó la ocupación japonesa de Corea en 1905 y su anexión en 1910. Con la rendición japonesa en 1945, EE.UU. reemplazó al ejército japonés como la fuerza ocupante en Corea, reteniendo las unidades de la policía japonesa en el país para controlar a la población. La política asiática de EE.UU. era básicamente reconstruir Japón como una base desde la que controlar el continente. Para hacer esto era necesario continuar con el suministro de comida barata a la población japonesa. Eso significó el control de Corea e Indochina, el “granero” para Japón. El intento de EE.UU. de dominar Corea desde Japón encontró una fuerte resistencia puesto que el MGIK estaba decidido a defender la exportación de arroz a Japón incluso si eso significaba que el grueso del campesinado de Corea tenía que morirse de hambre. Todos los intentos coreanos de resistir la explotación de EE.UU.-Japón fueron etiquetados como “comunismo” y reprimidos brutalmente usando métodos que más tarde se institucionalizarían bajo el Programa Phoenix en Vietnam.

“Aunque fue EE.UU. quien masacró alrededor de 6 millones de personas en sus invasiones de Corea y Vietnam estas campañas se incluyen como parte de la ‘Guerra Fría’”

La parte norte de Corea había recuperado su independencia cuando se retiró el Ejército Rojo en 1947. Mientras tanto el régimen de EE.UU. continuó ocupando la mitad sur de la península con la ayuda de Rhee, cristiano fascista educado en EE.UU. cuyo propio nacionalismo llamaba a la reunificación de Corea bajo un régimen fascista alineado con EE.UU. (no diferente de aquellos que EE.UU. apoyaba en otras partes). En 1950, hostilidades en la línea de demarcación que separaba la Corea independiente de la Corea ocupada por EE.UU. tuvieron como resultado un ataque masivo por parte de los ejércitos de la República Popular Democrática de Corea. Este hecho fue presentado por EE.UU. a un reducido Consejo de Seguridad de la ONU como un ataque cuasi internacional contra la soberana Corea. Los eruditos y la historia oficial presentan este conflicto como parte de la “Guerra Fría” o como un catalizador para esos elementos de la política de EE.UU. descritos engañosamente como pertenecientes a la “Guerra Fría”. El presidente de EE.UU. Harry Truman ya había hecho gala de su política del engaño cuando autorizó el despliegue de fuerzas de EE.UU. para defender el fascismo en Grecia, lo que llegó a ser conocido como la Doctrina Truman. Ahora estaba extendiendo la aplicación de esa doctrina a la supresión de luchas por la independencia en Asia. La invasión y devastación de Corea por parte de EE.UU., incluyendo la masacre de al menos 3 millones de coreanos y la reducción a escombros de prácticamente todas las ciudades del país mediante bombardeos aéreos, se convertiría en un modelo de la guerra “invisible” que las corporaciones libraban contra el mundo pero cuya existencia se negaba dentro de EE.UU. Por supuesto las invasiones y destrucción total de Corea, Laos, Camboya y Vietnam, no fueron invisibles – excepto para la población blanca de EE.UU. que se benefició de esta carnicería de igual manera que se había estado beneficiando de la conquista de Norteamérica y la subyugación de Centroamérica desde su fundación. Aunque fue EE.UU. quien masacró alrededor de 6 millones de personas en sus invasiones de Corea y Vietnam – estas campañas se incluyen como parte de la Guerra Fría. EE.UU. fue casi forzado a abandonar la península de Corea donde permanece hoy en día en un estado de alto al fuego con la Corea que intentó destruir.

Tras ser forzado a hacer concesiones en Corea – un golpe sicológico considerable para la supremacía blanca – EE.UU. inició una exitosa temporada de expansión imperial: entre otros devolviendo Irán al control del cártel del petróleo y Guatemala a la United Fruit. Los movimientos nacionalistas en Ghana y Congo fueron sometidos. Con la excepción de Puerto Rico y las Islas Vírgenes que fueron retenidas como empresas coloniales en el extranjero, el régimen de EE.UU. reemplazó con éxito su administración colonial bien por un estatus de categoría de estado o por un régimen cliente nominalmente independiente. Así, a pesar de los contratiempos en el continente asiático, EE.UU. continuó expandiendo su archipiélago de puestos militares-industriales en todo el hemisferio occidental y el pacífico. Para mantener la presión sobre la Unión Soviética, se llevaron a cabo constantes ensayos de armas atómicas. Al mismo tiempo estas armas se consideraron adecuadas para arrasar cualquier ejército de piel oscura que pudiera desafiar la hegemonía de EE.UU. Corea había mostrado no solo que los asiáticos podían vencer ejércitos “blancos” racistas en el campo de batalla, reveló que EE.UU. simplemente no tenía la fuerza humana suficiente para dominar grandes poblaciones asiáticas. “Mejor muerto que rojo” significó de hecho que la política de EE.UU. era masacrar a las “hordas” asiáticos antes que arriesgarse a que se volvieran comunistas o socialistas. Los impulsores del programa de armas atómicas de EE.UU., sicópatas como Edward Teller, estaban empapados de la tradición de que las vidas de las personas no blancas son despreciables. Y a pesar de ello, no se podía movilizar a la población de EE.UU. simplemente apelando a una vaga necesidad de oponerse al comunismo – había que crear una poderosa fantasía de miedo.

“Mejor muerto que rojo” significó de hecho que la política de EE.UU. era masacrar a las “hordas” asiáticos antes que arriesgarse a que se volvieran comunistas o socialistas.

El miedo se induce mediante la anticipación del dolor y la pérdida. El mito de la “Guerra Fría” necesitaba pues tanto de la imagen de algo que se percibiera tan valioso como para oponerse a su pérdida como de algo tan doloroso como para prevenir que tuviera lugar. Así, surgió una división del trabajo entre las dos alas del partido gobernante en EE.UU. El ala liberal1 dedicó su energía a crear y mantener el mito de lo que podría perderse, mientras que el ala tradicional (erróneamente llamada “conservadora”) se entregó a crear y mantener la expectativa del dolor. La práctica de “guerra fría” liberal enfatizaba por lo tanto las “bendiciones” de Estados Unidos: consumismo, emprendimiento, instituciones políticas hedonistas, entretenimiento de masas y los “derechos civiles” que supuestamente garantizaban estas cosas. El ala tradicional – que como cabía esperar era más fuerte en los antiguos estados esclavistas del sur – se centró en la amenaza violenta. De la misma manera que los dueños de esclavos de Carolina del Sur se las arreglaron para aplicar las medidas más draconianas para controlar a sus esclavos – promoviendo un sentimiento de auténtico terror a que la mayoría negra, si se le daba la oportunidad, trataría a los blancos con la brutalidad inherente al esclavo – los Guerreros Fríos “tradicionales” exigían medidas judiciales, extrajudiciales y de carácter terrorista para prevenir que revolucionarios latentes derrocaran el régimen de EE.UU.

La interpretación clásica de la “Guerra Fría” también incluye una confusión básica de lo que significa “liberal” y “conservador”. Aunque el término “consenso sobre la Guerra Fría” ha sido usado con frecuencia, rara vez se ha explicado claramente su significado – excepto de maneras engañosas. El consenso sobre la Guerra Fría no surgió debido a que la Unión Soviética fuera una amenaza o incluso por el riesgo declarado de una carrera de armas nucleares. El consenso sobre la Guerra Fría fue el acuerdo tácito pero con frecuencia explícito de que la expansión de las corporaciones de EE.UU. y la extensión del archipiélago del imperio requería disciplina de la población nacional y una campaña de relaciones públicas en el extranjero para distraer la atención de las guerras reales que se estaban librando en todo el mundo – y del hecho que todas estas guerras las hacía el régimen de EE.UU. y sus vasallos. Cuando se le criticó por todas las injusticias y los crímenes cometidos por el clero, el papa Pio XII insistió que a la Iglesia se la juzgara por sus elevados principios y no por sus acciones. Este es el precepto que subyace bajo el concepto de “Guerra Fría” – crear un edificio de principios abstractos que parecen tan irrefutables que ninguna acción por vil que sea se puede considerar suficiente para impugnarlo.

¿Una “nueva Guerra Fría”?

Esta cuestión es de hecho ridícula. En primer lugar, la “antigua Guerra Fría” – entendida correctamente – nunca terminó. La Guerra Fría ha sido una guerra librada por el régimen de EE.UU. desde 1945 para imponer el esquema imperialista planeado entre 1917 y 1944 pero que no podía ser implementado mientras Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Holanda mantuvieran aún un control importante sobre sus imperios. 1945 dio a la élite gobernante de EE.UU. lo que pensaron era el arma definitiva para imponer su voluntad sobre el resto del mundo – con las concesiones hechas por la competencia europea que ahora estaba irremediablemente endeudada con los bancos de EE.UU. y seriamente debilitada militarmente, de manera que era incapaz de defender su control colonial frente a las poblaciones indígenas.
La Guerra Fría también se modeló de acuerdo con el NSC 68 (informe 68 del Consejo de Seguridad Nacional) que exigía el desarrollo de una fuerte industria armamentística que le proporcionara a EE.UU. las armas necesarias para mantenerse firme y defender la demanda de sus corporaciones de una cantidad desproporcionada de las riquezas del mundo. Ha sido la extensión lógica del Destino Manifiesto, el término específico para el imperialismo de EE.UU.

Se ha asumido – por lo menos por aquellos que plantean la ridícula cuestión anteriormente mencionada – que la Guerra Fría terminó, situándose la fecha normalmente alrededor de 1989 con la apertura de fronteras entre la República Federal de Alemania ocupada por EE.UU. y la República Democrática de Alemania, establecida en la zona soviética de ocupación. Por supuesto, tipos más dogmáticos sitúan el final de la Guerra Fría en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Entonces el enemigo oficial cesó de existir como estado.

Sin embargo, como se ha argumenta, la Guerra Fría no se originó debido a la Unión Soviética y una supuesta competencia entre EE.UU. y la URSS. La Guerra Fría fue en sí misma una guerra lanzada de manera unilateral por el régimen de EE.UU. Fue concebida y se ha perpetuado como una estrategia política de las corporaciones de EE.UU. en su búsqueda de la dominación mundial – lo que llaman de manera eufemística mercados en expansión permanente. Al contrario de la idea promovida, la política oficial y la praxis de la Unión Soviética desde Stalin había sido literalmente antiimperialista hasta el punto de negarse de manera general a apoyar movimientos revolucionarios en el extranjero. En vez de ello Stalin defendía el “socialismo en un país” – la Unión Soviética.

EE.UU. desde su mismo comienzo ha reivindicado la expansión de su sistema: esclavitud y robo de su tierra a las poblaciones autóctonas, más una explotación sin restricciones de los recursos naturales y la fuerza del trabajo para beneficio privado. Esto se vio acrecentado por la política del régimen de EE.UU. de iniciar ataques contra la Unión Soviética, masivamente con armas nucleares, que siempre ha estado sobre la mesa (aunque hasta recientemente no se ha levantado el secreto oficial sobre ello). Solo el éxito visible y convincente de la Unión Soviética a la hora de establecer una casi paridad en capacidades nucleares forzó a EE.UU. a refrenar su tradicional estrategia de aniquilación en masa.

No es necesario preguntarse si habrá una nueva guerra fría, puesto que la guerra fría aún se está librando y el engaño inherente en la reiteración que se hace de esta cuestión de manera regular en los medios de comunicación es prueba de que todavía está siendo ganada entre los blancos de este mundo.

Artículo original en inglés: http://www.blackagendareport.com/content/new-%E2%80%9Ccold-war%E2%80%9D-coming-you-can%E2%80%99t-be-serious

1 El término liberal tal y como se usa en EE.UU. se traduce a veces por socialdemócrata, sin embargo hemos mantenido el término liberal considerando que está más próximo al social liberalismo. Para aclararnos, los liberales estadounidenses serían el ala considerada más “progresista” del Partido Demócrata. En política exterior están convencidos de que Estados Unidos es el líder natural del mundo, con unos principios basados en la libertad, la democracia y el humanismo que es necesario exportar. Con frecuencia se les llama liberales de torre de marfil. Desde dichas torres no pueden comprender como tantos pueblos no reciben de buen grado la generosidad civilizatoria de EE.UU., y su principal preocupación es cómo actuar ante tal rechazo sin dañar la “imagen” de EE.UU. Los creadores de opinión liberales pueden ser, sin embargo, bastante explícitos sobre cómo actuar en estos casos. Así, Suzanne Nossel en su texto “Smart Power” que pretende ser una guía para el internacionalismo liberal afirma que Washington debe ejercer un liderazgo firme utilizando medios diplomáticos, económicos, y no menos importante, militares. Enlace a texto completo en inglés: http://www.democracyarsenal.org/SmartPowerFA.pdf.