Por Bill Van Auken

Global Research, 4 Septiembre 2015

Artículo original

Traducido por Rosa Moya Sánchez

Las estremecedoras imágenes de un niño sirio de 3 años arrastrado por la marea hasta una playa turca, boca abajo sobre la arena, luego la imagen de su cuerpo sin vida en los brazos de un miembro de un equipo de rescate, ha llevado a los hogares de todo el mundo la crisis desesperada que se está desencadenando en las fronteras europeas.

La familia del niño, Alan Kurdi, venía de Kobani huyendo junto a otros cientos de miles de personas. El prolongado asedio del Estado islámico de Irak y Siria (ISIS) y una intensa campaña de bombardeos de EEUU, había dejado la ciudad situada al norte de Siria en ruinas, destrozadas sus casas, así como el suministro de agua, electricidad, sanidad e infraestructura médica. El niño era uno de los 12 que murieron ahogados intentando alcanzar Grecia, incluidos su madre y su hermano de 5 años. Su desconsolado padre, el único superviviente de la familia, dijo que volvería a Siria con sus cuerpos donde le diría a sus familiares que solo esperaba morir y ser enterrado con ellos.

Mucha culpa rodea a estas muertes, que son una representación de muchos miles de personas más que han perdido sus vidas intentando cruzar el Mediterráneo o han muerto asfixiados tras ser metidos como sardinas dentro de furgonetas sofocantes.

El partido conservador en el gobierno de Canadá ignoró la solicitud de asilo para la familia de Alan interpuesta en Junio por la tía del niño, que vive en Columbia británica.

Los países de la UE han tratado la explosión de refugiados como una cuestión de represión y disuasión alzando nuevas vallas, organizando campos de concentración y haciendo uso de las fuerzas especiales en un intento de crear una Europa fortificada que mantenga alejadas a familias desesperadas como la de Alan y que condene a muerte a miles y miles de personas.

Pero, ¿ y EEUU? Los políticos y los medios de comunicación norteamericanos permanecen deliberadamente callados y Washington adopta el papel de crear esta tragedia que se despliega en las fronteras europeas.

El Washington Post, por ejemplo, publicó un artículo de opinión a principio de esta semana donde se decía que “ no se puede esperar que Europa resuelva por sí sola un problema originado en Afganistán, Sudán, Libia y – sobre todo- Siria.” El New York Times estaba en la misma onda , escribiendo “ el origen de esta catástrofe se encuentra en distintas crisis que la UE no puede solucionar sola: guerra en Siria e Irak, caos en Libia…”

¿Cuál es, a su vez, la “raíz” de la crisis de estos países que ha desencadenado esta “catástrofe”? La respuesta a esta pregunta es solo un silencio culpable.

Cualquier consideración seria sobre lo que subyace a la explosión de refugiados hacia Europa conduce a la ineludible conclusión de que no solo constituye una tragedia sino un crimen. Es más, son los efectos trágicos de una política bélica criminal y de las intervenciones para cambiar los regímenes políticos llevada a cabo ininterrumpidamente por el imperialismo estadounidense, con la ayuda y complicidad de sus aliados del Oeste de Europa, durante casi un cuarto de siglo.

Con la disolución de la URSS en 1991, la oligarquía estadounidense gobernante llegó a la conclusión de que en ese momento podían explotar el poder militar de EEUU como un medio para compensar el prolongado declive económico del capitalismo. Mediante la agresión militar, Washington se embarcó en el proyecto de establecer su hegemonía sobre mercados clave y fuentes de materias primas, empezando por las regiones ricas en energía del medio Oriente y Asia central.

Esta estrategia fue resumida crudamente en el eslógan presentado por el Wall Street Journal tras el final de la primera guerra contra Irak en 1991: “ El uso de la fuerza funciona”

Lo que el mundo está presenciando en la actual ola de refugiados desesperados intentando alcanzar Europa son los efectos de esta política tal y como se ha llevado a cabo durante todo el periodo pasado.

Guerras que han durado décadas en Afganistán e Irak, libradas bajo el pretexto de “luchar contra el terrorismo” y justificadas con mentiras infames sobre las “armas de destrucción masiva” iraquíes, solo han conseguido devastar sociedades enteras y matar a cientos de miles de hombres, mujeres y niños.

A estas guerras les siguió la guerra de EEUU-OTAN para cambiar el régimen político que derrocó el gobierno de Muammar Gaddafi y convirtió Libia en un estado que califican de fallido, destruido por luchas continuas entre milicias rivales. Luego vino la guerra civil siria -impulsada, financiada y armada por el imperialismo norteamericano, con el propósito de derribar a Bashar al -Assad e imponer una marioneta occidental más manejable en Damasco.

Las intervenciones depredadoras en Libia y Siria se justificaron en nombre de los “derechos humanos” y la “democracia”, recibiendo así el apoyo de organizaciones de pseudo-izquierdas que representaban a las capas privilegiadas de la clase media – La Izquierda (Die Linke) en Alemania, el partido anti-capitalista en Francia, la internacional socialista de EEUU y otros. Algunos de ellos llegaron hasta a ensalzar las acciones de las milicias islamistas, que recibían financiación y armas de la CIA, como si fueran “revoluciones”.

La situación actual y la presión insoportable de la muerte y la destrucción que está llevando a cientos de miles de personas a una huida desesperada y mortal representan la confluencia de todos estos crímenes del imperialismo. El alzamiento de ISIS y las sangrientas guerras civiles que se suceden tanto en Irak como en Siria son el producto de la devastación de Irak, seguido del apoyo que la CIA y los aliados regionales del imperialismo estadounidense han ofrecido a ISIS y milicias islamistas similares dentro de Siria.

Nadie ha rendido cuentas por estos crímenes. Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice, Powell y otros de la administración anterior que libraron una guerra de agresión en Irak basada en mentiras han gozado de total impunidad. Los que ocupan la administración actual, desde Obama para abajo, aún podrían ser llamados a rendir cuentas por las catástrofes que han desencadenado en Libia y Siria. Sus cómplices son muchos, desde el Congreso de EEUU que ha autorizado automáticamente sin cuestionamientos dicha política bélica a unos medios de comunicación empotrados (que acompañan a los soldados) y que han ayudado a imponer guerras basadas en mentiras al público norteamericano, y los pseudo-izquierdistas que han atribuido un papel progresista al imperialismo estadounidense y sus “intervenciones humanitarias”.

Todos juntos son responsables de lo que se está desencadenando en las fronteras europeas, que, más que una tragedia, es parte de un prolongado y continuado crimen de guerra.

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