Por Nicolás García Pedrajas

Concebido un partido político de izquierda como una herramienta para transformar la sociedad en algo más justo y no como un mero instrumento electoral, es evidente que los militantes constituyen la sangre del partido.

La única forma de transformar la sociedad realmente parte desde abajo. Es necesaria una labor de concienciación de clase trabajadora para conseguir la movilización social necesaria para permitir cambios reales. Sólo desde la conciencia de clase se puede plantear la batalla contra el poder económico, porque los trabajadores sólo tienen fuerza en la unión.

Sin embargo, concebidos los partidos como meros instrumentos de propaganda al servicio de los poderes económicos, el militante deja de tener valor. Más allá de acatar las decisiones y servir de mano de obra barata para campañas electorales, su utilidad es nula. Una militancia ejerciendo sus funciones de control y de base ideológica es un obstáculo demasiado importante para vaciar de contenido un partido. En tanto en cuanto el militante de base lo es por sus ideas y no por ambición personal, constituye la conciencia del partido.

Los militantes si desarrollan su labor de ser la base ideológica del partido y los portavoces de sus valores de defensa firme de los trabajadores y de explicación del capitalismo como sistema depredador, constituyen un muro infranqueable para trepas y aventureros que usan los partidos de izquierda para su beneficio personal.

No es una casualidad que en la actualidad, se esté fomentando el papel del “simpatizante” en contraposición al militante. El simpatizante, con menos compromiso y menos conocimiento interno del partido, es más sencillo de manejar y representa un contrapoder mucho más suave. Desde su concepción como alguien externo y no vinculado al partido, su compromiso ideológico es menor y su manipulabilidad mayor. Sin estar dentro de una organización política es muy difícil conocer el trabajo y el compromiso de cada dirigente. De ese modo el simpatizante, en contraposición al militante, es mucho más sensible a la propaganda de los grandes medios de comunicación del capital.

Cuando los partidos políticos son meras correas de transmisión del poder económico, como en la mayoría de las “economías consolidadas”, el papel del militante es superfluo. Tomando el caso de EE.UU., allí los dos partidos mayoritarios defienden los mismos intereses, su existencia se justifica únicamente para dotar al sistema capitalista de la apariencia de democracia, necesaria para que el poder económico siga siendo el único gobernante real.

De esta forma, el concepto de militante tal y como lo conocemos en España no existe en los dos partidos de la oligarquía en EE.UU. Todo se organiza alrededor de los cargos electos y la misma convención de ambos partidos es poco más que una reunión de los diferentes lobbies que gobiernan EE.UU. y de reparto de cargos y ambiciones personales. El hecho de que las primarias que se están extendiendo por los partidos en España surjan de ahí, se explica en parte por esa ausencia de partidos organizados y estructurados.

Desafortunadamente, los partidos de izquierda tampoco han podido sustraerse completamente a la presión mediática que aboga por la vacuidad del lenguaje y la dilución de las propuestas. El hecho de aceptar unas primarias abiertas a los simpatizantes ahonda en ese camino. El riesgo que se corre cuando se avanza en esta idea es el de entregarse a figuras mediáticas que tienden a creer que su legitimidad está por encima del partido ya que viene de una elección “más democrática”. Yo todavía no he encontrado nadie que sea capaz de explicarme por qué unas primarias con simpatizantes son más democráticas que un proceso interno en el cual los militantes de un partido eligen de forma democrática a sus candidatos.

El riesgo de tener dos legitimidades, una “buena”, las primarias, y otra mala, la del “aparato”, convierte de forma automática al electo por primarias en una persona cuya necesidad de dar cuentas al partido desaparece. En este sentido el riesgo de cesarismo es enorme.

No es necesario abundar aquí en cómo los medios de comunicación pueden manipular los procesos de primarias, fomentando al aparición y la buena imagen de los candidatos que les interese y obviando a los demás.

Sin embargo, un partido que aspire a transformar la sociedad sólo puede hacerlo a través de la una militancia amplia, formada ideológicamente y motivada. Las ideas de izquierda apenas tienen ya presencia en los medios de comunicación, incluso en aquellos que se definen de izquierda, su línea editorial alcanza a una socialdemocracia blandita y a un imperialismo humanitario muy necesario para la expansión de los intereses del gran capital. En esta situación sólo el trabajo a pie de obra puede conseguir la movilización social necesaria para dar la batalla por un cambio social.

Sí, la BATALLA, o ¿alguien cree que los que detentan el poder económico y político van a perder sus privilegios sólo porque se les pida por favor?

Es por ello que un partido de izquierda real debería ser consciente de que, más allá de resultados coyunturales en unas elecciones concretas, es en la ampliación de su base de militantes donde radica su utilidad como partido con capacidad de transformación social. Y ahí debería dirigir todos los esfuerzos.