Cuando fallan los tecnócratas
Por Ignacio Escolar
Ahora que los mercados caen, que la prima de riesgo sube y que la crisis del euro continúa, ¿por qué no cambian al “tecnócrata” Mario Monti por un general de los de toda la vida? Perdonen la hipérbole, pero para exagerados los que pensaban que esta pesadilla se arreglaría con la salida de Berlusconi del Gobierno italiano. No ha sido así, como tampoco se solucionó con la dimisión de Papandreu o con la marcha atrás de ese referéndum griego que había encrespado a los mercados después del supuesto éxito de la última cumbre europea. Hoy es evidente que el enésimo plan de rescate es otro nuevo fracaso.
Ya no es una cuestión de dinero ni de recortes, sino de confianza. La UE ha puesto más de un billón de euros sobre la mesa, a través del enrevesado fondo de rescate, pero ni siquiera un cheque de doce ceros puede frenar el tsunami. Los mercados castigan a los países más débiles –como España– porque ya nadie se cree que Europa esté dispuesta a actuar como una verdadera unión, como una familia solidaria que respalde a sus miembros más apurados; entrampados dentro de una moneda común que les deja sin autonomía para salir solos del atolladero. El eurogrupo más bien parece el Dúo Dinámico, con Merkel y Sarkozy pensando en relanzar su carrera en solitario. La canciller alemana admite que Europa afronta “su hora más difícil desde la II Guerra Mundial”, pero se niega a utilizar el arma que nos sacaría de esta emboscada: el cañón Berta del BCE. El banco del euro es lo único que puede evitar que la quiebra de Italia (y España) se convierta en un Lehman Brothers al cuadrado. Pero sus balas las guarda Merkel bajo siete llaves. Lo lamentaremos todos, también Alemania.
Pobre Mariano Rajoy. La que le espera.

Cuando fallan los tecnócratas

Por Ignacio Escolar

Ahora que los mercados caen, que la prima de riesgo sube y que la crisis del euro continúa, ¿por qué no cambian al “tecnócrata” Mario Monti por un general de los de toda la vida? Perdonen la hipérbole, pero para exagerados los que pensaban que esta pesadilla se arreglaría con la salida de Berlusconi del Gobierno italiano. No ha sido así, como tampoco se solucionó con la dimisión de Papandreu o con la marcha atrás de ese referéndum griego que había encrespado a los mercados después del supuesto éxito de la última cumbre europea. Hoy es evidente que el enésimo plan de rescate es otro nuevo fracaso.

Ya no es una cuestión de dinero ni de recortes, sino de confianza. La UE ha puesto más de un billón de euros sobre la mesa, a través del enrevesado fondo de rescate, pero ni siquiera un cheque de doce ceros puede frenar el tsunami. Los mercados castigan a los países más débiles –como España– porque ya nadie se cree que Europa esté dispuesta a actuar como una verdadera unión, como una familia solidaria que respalde a sus miembros más apurados; entrampados dentro de una moneda común que les deja sin autonomía para salir solos del atolladero. El eurogrupo más bien parece el Dúo Dinámico, con Merkel y Sarkozy pensando en relanzar su carrera en solitario. La canciller alemana admite que Europa afronta “su hora más difícil desde la II Guerra Mundial”, pero se niega a utilizar el arma que nos sacaría de esta emboscada: el cañón Berta del BCE. El banco del euro es lo único que puede evitar que la quiebra de Italia (y España) se convierta en un Lehman Brothers al cuadrado. Pero sus balas las guarda Merkel bajo siete llaves. Lo lamentaremos todos, también Alemania.

Pobre Mariano Rajoy. La que le espera.

La Europa sumisa debería leer (por lo menos) a Roosevelt

Por  Marco Schwartz

De nada parecen servir los actos permanentes de sumisión de Europa para calmar los mercados. Pese a que los poderes financieros han tomado el Gobierno en Italia y Grecia por medio de dos “tecnócratas”, la primas de riesgo siguen en ascenso, alcanzando en España su máximo histórico. En estos días convulsos, en que los dirigentes políticos temen molestar a los especuladores y se comportan como títeres de sus designios para desgracia de la mayoría de los ciudadanos, vale la pena recordar que en la peor crisis financiera antes de la actual –la del 29– hubo un líder que dignificó el ejercicio de la política. No era un rojo peligroso, sino el presidente demócrata de EEUU, Franklin D. Roosevelt. Los dirigentes europeos, empezando por Angela Merkel, deberían releer (o leer, si no lo han hecho aún) el discurso de Roosevelt de 1936 en que anunció el segundo paquete del New Deal, un ambicioso programa social que incluía potentes inversiones públicas, la creación de la Seguridad Social, el fortalecimiento de los sindicatos, la subida de impuestos a los más ricos, etc. “Hemos tenido que luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca despiadada, el antagonismo de clases, los beneficiarios de las guerras. Sabemos ahora que el Gobierno del dinero organizado es tan peligroso como el Gobierno de bandas organizadas”, dijo. No era un “tecnócrata” ni convocó un Gobierno excepcional de “concentración” para afrontar la crisis. Lo que hizo fue impulsar sus ideas frente a la brutal oposición de los republicanos y de parte de los demócratas. Podrá discutirse si el New Deal fue eficaz o suficiente progresista. Pero fue Política.

El despotismo ilustrado

Por Juan Carlos Escudier

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Ahora que la democracia está en retroceso y los tecnócratas se abren paso hasta la cima de los Gobiernos como salvadores, el gremio de burócratas debería plantearse metas aún más altas con las que aventar el olor a subsecretario de sus trajes. Con el liderazgo político en busca y captura y la dilución de las ideologías en el río del pensamiento único, su ascenso ha sido inevitable. Pocos países se resistirán a poner un técnico en su vidas, personas respetabilísimas todas ellas que, por haber estado a sueldo de tirios y troyanos, se han labrada fama de independientes, aun siendo de derechas de toda la vida. Nunca el futuro fue tan esplendoroso para los jefes de negociado.

Una vez que se ha demostrado accesorio que los ciudadanos elijan a su gobernantes, nada tendría que estar vedado a los protagonistas de este moderno despotismo ilustrado. Las monarquías, por ejemplo, podrían llenar de tecnócratas los altares de las princesas, lo que a buen seguro ahorraría muchos dolores de cabeza a los portadores de la corona. Si los aristócratas no aseguran matrimonios indisolubles y los jugadores de balonmano altos y bien parecidos tienden a sucumbir a la tentación del pelotazo con o sin portería, ¿qué se opone a que un probo funcionario, preferiblemente doctor en Economía y con buenas referencias laborales en Goldman Sachs o en JP Morgan, emparente con la realeza y asesore incluso a su familia política en la declaración de la renta?

Como los mercados saben lo que nos conviene, del hecho de que no hayan pensado para nosotros en un redentor cualificado del estilo de Miguel Boyer o de Luis de Guindos, al que da gusto oírle pontificar sobre la crisis aunque se enterase de la quiebra de Lehman Brothers cuando dejó de funcionar su visa de empresa, se infiere que no lo consideran necesario.

Sería absurdo, por tanto, que sintiéramos envidia de las asonadas tecnocráticas de Grecia e Italia, que con su nueva oficialidad ya han puesto rumbo a las costas de la prosperidad. El domingo elegimos a un obediente. A ese tipo de político, no hay técnico en el mundo capaz de llegarle a la suela de los zapatos.