Por Jesús García Pedrajas

Parece cernirse un oscuro futuro sobre la revolución del pueblo egipcio: los actores más poderosos se van recolocando en un escenario siempre cambiante pero que parece pronto a estabilizarse, tomando posiciones para la era post-Mubarak; la población asiste alborozada al final de una era sin parecer darse cuenta de los movimientos entre bastidores de los aspirantes a suceder al dictador, tal vez prefiriendo no pensar en lo que ocurrirá después; se van conociendo inquietantes detalles sobre la personalidad y la ocupación de algunos de los proclamados líderes de la revuelta… y ninguno de estos hechos invita al optimismo.

No hacer serlo el hecho de que, entre el jaleo producido por la anunciada marcha de Mubarak, se deslice la idea de que sus posible sucesor en un gobierno de ¿transición? sea Omar Suleiman. Se busca que trascienda el hecho de que lo importante es que se vaya el presidente actual y, al menos, es un hecho de igual transcendencia quién se va a hacer cargo del poder en sustitución del dictador.

¿Una transición democrática pilotada por el jefe de los servicios de inteligencia de Mubarak? ¿Un personaje avalado por EEUU, y Occidente en general, principales apoyos de la dictadura durante los últimos treinta años será el que lleve la democracia a Egipto? No parece probable.

Mientras que el objetivo principal de la revuelta popular ha sido el derrocamiento del gobierno actual, personificado en su jefe, el proyecto democrático en Egipto no puede quedarse en este hecho, si aspira a consolidarse y tener perspectivas de futuro.

Resulta bastante significativo el hecho de que, aunque no se les haya escuchado antes como promotores de la revuelta, se estén subiendo al carro de lo que parece una revolución triunfante los principales actores de la política egipcia en la oposición: desde los Hermanos Musulmanes hasta Mohammed Al-Baradei, todos aquellos que se consideran legítimos representantes de su pueblo están dejándose ver ahora, dispuestos a asumir su papel en la transición.

Su papel no parece que quiere ir más allá que colocarse bien en el gobierno que saliera de una hipotética marcha de Mubarak, empujando a sus rivales fuera del poder, y evitando que nuevos partidos o movimientos, surgidos de la revuelta, puedan presentarse a unas elecciones o tomar parte en un futuro gobierno. Preocupa el hecho de que todos esos candidatos estén, de manera general, apoyados por Occidente.

Y ahora nos llegan las imágenes, eso es lo importante al fin y al cabo, que existan imágenes que puedan emitirse por televisión, de uno de los líderes de la revuelta: un ejecutivo de una multinacional, google, que ha sido uno de los promotores de la revolución en Internet. Es evidente que un ejecutivo de una multinacional es un digno representante de la lucha del pueblo y de los trabajadores de Egipto por tener derecho a un gobierno representativo y soberano. ¿En qué momento se ha producido esa transformación milagrosa? Parece que fue delante de las cámaras, en directo, durante una entrevista a este revolucionario de nuevo cuño, que tuvo tiempo de lanzar sus mensajes y verter sus lágrimas ante la visión de las víctimas de su pueblo, antes de salir corriendo del plató de televisión…realmente fue un momento enternecedor.

¿Es éste el futuro que espera a Egipto? ¿Quedar en manos de ejecutivos de multinacionales reconvertidos el líderes populares y de políticos galardonados con un premio Nobel por su gestión de la política atómica mundial? ¿Un nuevo gobierno neoliberal en Egipto más apetecible a la vista por su barniz democrático? Si ese es el final de este viaje, entonces, no merece todas las víctimas que ya lleva contabilizadas la revuelta popular.

No está claro si está en manos del pueblo egipcio resistir a estos intentos de apropiación de su movimiento legítimo, de si puede, y le permiten, mostrar alternativas reales y soberanas a este nuevo intento de apropiación de su gobierno por manos extranjeras o sumisas a los intereses de éstas. Lo que si parece evidente es que del resultado final de su revuelta, y debido a la importancia de Egipto en la región y todo el mundo árabe, puede depender el futuro de otras revoluciones y movimientos que intentan ganar para la soberanía popular el gobierno de sus naciones.