Por Jesús García Pedrajas

Aparecido en Pueblos

Aparecido en Rebelión

La información que nos llega sobre la actualidad lo hace desde diversas fuentes; por el origen de las mismas, de algunas tenemos una opinión clara y no solemos tenerlas demasiado en cuenta, al menos no para ser tenidas como relato fiel de los hechos.

Otras, en cambio, por el presunto carácter progresista del medio en el que se publica, tienen de inicio una mayor fiabilidad y es, en esos casos, donde deberíamos estar más alerta para poder distinguir entre verdadera conciencia y visión crítica, informada, de la realidad y aquella otra visión que abuse de los lugares comunes, de la desinformación o del occidentalismo imperante, incluso entre los medios presuntamente progresistas.

Al hilo de esta discusión tenemos un nuevo ejemplo en la columna de Antonio Caballero en el diario Público titulada, parece que con acierto, “A ojo”; en ella el autor retrata brevemente la situación en Haití. Desde luego, al ver las opiniones vertidas, su análisis se ha debido realizar “a vista de pájaro” o con “visión por satélite”, porque las inexactitudes y opiniones con poco fundamento que se muestran en la columna son varias.

El autor afirma: “[las tropas de la ONU] venidas hace un año para mantener o restaurar el orden a raíz del devastador terremoto…”.

Tal vez sólo se confunde.

Los que llegaron el año pasado, en misión humanitaria a invadir (de nuevo) el país caribeño, controlando el aeropuerto, otros centros logísticos vitales y el reparto de la ayuda fueron los marines de EEUU, en un número estimado de 20.000 efectivos, no las tropas de las ONU, que están en HAITI desde 2004, encuadrados en la MINUSTAH, dando cobertura al golpe de estado financiado y promovido por EEUU y Francia. El año pasado, ciertamente, se amplió el mandato de la misión de la ONU, pero la MINUSTAH ya llevaba allí 6 años.

Tal vez se refiera el autor, citando el año 2010 como “el año pasado”, a la fecha en que se han producido las acusaciones vertidas la población local sobre dichas tropas por, entre otros motivos, ser fuerzas extranjeras ocupantes, de torturar y asesinar a miembros de la comunidad local, de ser valedores de la situación dictatorial imperante o de ser los portadores del cólera que asola extensa zonas del país, etc.

Tal vez sólo se confunde.

El autor compara (e iguala en su discurso) a los antiguos “presidentes” del país, Duvalier y Aristide, no sabemos si asumiendo que ambos son de la misma raza de gobernantes de república bananera caribeña.

Tal vez sólo se confunde.

Pone en el mismo plano a Jean-Claude Duvalier, dictador, “presidente vitalicio” según la constitución promulgada por su padre, Francous Duvalier, en 1964 y al que sucedería en el poder tras su muerte, en 1971. Fueron 15 años de sangrienta dictadura (de escuadrones de la muerte, de leopardos y tonton macoute,…) hasta 1986, cuando fue derrocado por el golpe militar del jefe del ejército, Henri Namphy, habiendo perdido el apoyo político y militar de EEUU.

Jean-Bertrand Aristide, primer presidente constitucional del país, al parecer merece un mismo trato: antiguo cura salesiano, expulsado de la orden por su activismo político. Entrevistado a principios de 1988, Aristide dijo: “El imperialismo americano ha sustentado al gobierno de Haití. Las elecciones no son la salida, las elecciones son un modo de aquellos en el poder para controlar al pueblo. La solución es la revolución, primero en el espíritu del Evangelio; Jesús no podía aceptar que el pueblo pase hambre. Es un conflicto entre clases, entre ricos y pobres. Mi trabajo es de predicar y organizar…”

Ganador de las elecciones de 1991, con más del 60% de los votos, es derrocado el mismo año por un golpe militar, con la ayuda y la dirección de EEUU, siguiendo su larga tradición de intervenciones militares en Haití a lo largo de toda su historia ; restituido en el poder en 1994, finaliza su mandato , que concluye en 1996. Vuelve a ser presidente tras las elecciones de 2001 y vuelve a ser derrocado en 2004, a raíz de un nuevo golpe de estado, apoyado por EEUU y Francia.

Parece obvio que el autor considera las ansias de “servir al pueblo haitiano” igual de legítima en ambos mandatarios.

Tal vez sólo se confunde.

Al autor afirma: “el desventurado Haití, digo, es uno de los dos o tres países más pobres de la tierra. No tiene minas, no tiene industria, no tiene agricultura.”

Tal vez sólo se confunde.

Tal vez no recuerde, o no conozca, a las muy activas asociaciones campesinas capaces de enfrentarse (con éxito) al gigante MONSANTO cuando éste, en uno de los momentos más crudos de la crisis humanitaria que aún continúa, se ofreció a “regalar” semillas TRANS a los agricultores haitianos, el recibimiento que le dieron fue “cálido”. Tal vez sea esa agricultura inexistente que cita el autor la que ha hecho algo a lo que no se atreven ni gobiernos ni instituciones occidentales, a decirle “no, gracias” a MONSANTO.

Tal vez sólo se confunde.

El autor afirma que “[Haití] es pobre de solemnidad y sobrevive fundamentalmente de donaciones de organizaciones no gubernamentales y otras limosnas.”

Tal vez sólo se confunde.

¿En qué sentido sobrevive Haití gracias a la ayuda no gubernamental extranjera? ¿Cuál es la supuesta ayuda de esas organizaciones no gubernamentales? ¿Cuántas de ellas tienen en cuenta la crisis humanitaria y no la política que vive el país? ¿Cuáles de ellas están luchando por una restitución de la legalidad constitucional? ¿Cómo es posible que, siendo uno de los países con más presencia de ONGS en el mundo, tenga una situación cada vez más acusada de pobreza y enfermedad extremas? ¿Dónde están las cifras de esas ayudas? ¿Son hechas en contratos con empresas occidentales? ¿Incluyen esas ayudas los sueldos y medios de transporte, los alojamientos, de los cooperantes? Si esta es la supervivencia que ofrece la ayuda exterior no es extraño que para muchos, la presencia de tal número de ONGs sea vista con recelo.

Tal vez sólo se confunde.

Podemos seguir pretendiendo que Haití es sólo otro país caribeño, asolado por gobernantes corruptos que, periódicamente, se suceden en el poder por medio de golpes de estado; una nación en la que los desastres naturales son los principales causantes de su subdesarrollo y de su pobreza; podemos seguir pensando que se trata de otro ejemplo de pueblo ocioso y poco trabajador, centrado en el turismo, de cualquier clase, y sin ningún tipo de actividad que no esté ligada a la actividad extranjera en su tierra; pero también podemos reconocer su larga historia de luchas contra sus explotadores, desde la época colonial hasta la actualidad, una explotación que sigue impidiendo al pueblo haitiano decidir sobre su futuro; una lucha que fue victoriosa en el pasado, y eso permite tener esperanza en que vuelva a serlo, por mucho que cambie el disfraz o el uniforme que porten sus enemigos.