Y sus defensores y herederos quieren matar nuestra memoria…

“Quédate la chaqueta”. Se la entregó, ya maniatado, Isidoro Cabañas a su hermana. Su improvisado carcelero (“Valentín el del tejar”, según testimonios de familiares) asintió: “Sí, adonde vas no te hará falta”. No había pasado ni un mes del fin de la guerra. “Los fueron sacando casa por casa, como a conejos de la madriguera”. 28 vecinos de entre 17 y 55 años. Se los llevaron en un camión y los fusilaron por orden presuntamente del jefe de la Guardia Civil Bernardo Gómez del Arrollo. Tras el tiro de gracia, “los dejaron caer unos encima de otros” en una trinchera. Aquella tarde del 25 de abril de 1939 “hasta las encinas tiritaron”, cuenta Julio, un familiar.

71 años y 34 días después. Un equipo de arquéologos dirigidos por César Pacheco localizó al tercer intento los restos de los ajusticiados. A partir de testimonios de familiares, y con la ayuda de un georadar, exhumaron diez cuerpos de una zanja y otros 18 de otra, separados apenas por dos metros. En su mayoría labriegos, dos tenderos y el último alcalde republicano del pueblo, que gritaba cuando se lo llevaban: “Dejad a mi hijo, ¿para qué lo queréis?”. El chico tenía 17 años. “¿Por qué los mataron? Porque les dio la gana”, responde una hija de Benito Durán, otro agricultor que perdió la vida. Ella tenía 16 años y recuerda cómo a las mujeres e hijas les raparon la cabeza y las obligaron a caminar desnudas por el pueblo. “A mí no me dieron aceite de ricino como a otras; menos mal, porque me sentaba fatal”, cuenta.”

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