Por Jesús García Pedrajas

Uno de los rasgos más característicos de los organismos multilaterales financieros, como el FMI y el Grupo Banco Mundial, es su capacidad para aprovechar las oportunidades de control e injerencia que las sucesivas crisis económicas les presentan. Cuando estas situaciones no se presentan por si mismas, desde dichos organismos se las crea o se las fomenta.

A lo largo de los años 70 y primeros 80 del siglo pasado, se alentó la contratación de créditos por parte de los países en desarrollo, con la excusa de que la acumulación de capital era necesaria para la mejora económica y para poder enfrentar los retos de un comercio global, se argumentaba también que los bajos tipos de interés de la época y el alto precio de las materias primas que dichos países exportaban eran una garantía de la viabilidad del pago de los créditos.

Parece ahora que hemos estado asistiendo a un proceso similar: durante toda la primera década de este siglo se estimulado el crecimiento desmesurado de determinados sectores, como el de la construcción (que, por ejemplo en España, cuadruplica en porcentaje sobre el total de su producción a la media de los países de su entorno), con el fin de provocar, a medio y largo plazo, debilidades estructurales en países como Grecia, Portugal, la citada España o, tal vez, incluso Italia.

Esta debilidad puede (como estamos viendo) traer aparejado el desembarco en sus políticas económicas del FMI y el BM, con sus recomendaciones adaptadas a un nuevo tipo de cliente: no se trata ya de países de la periferia, sino del mismo centro económico, estados con rentas más altas, donde los beneficios de las políticas privatizadoras y de desmantelamiento del estado del bienestar (que promueven esos organismos) pueden ser infinitamente mayores que los obtenidos en los países en desarrollo.

El asalto neoliberal de los años 80, durante la crisis de la deuda, que se produjo en América Latina, ciertas zonas de África y del sudeste asiático, se basó en una repentina subida de los tipos de interés y de una simultánea bajada del precio de las materias primas exportadas (hechos casuales, obviamente), hechos que provocaron que la deuda externa se hiciera impagable y que, para poder financiarla, se recurriera a nuevos préstamos, con unas condiciones cada vez más duras en la aplicación de las políticas de ajuste estructural aplicadas.

Varias décadas después la situación ha cambiado poco: la (reventada) burbuja inmobiliaria ha dejado a varias países, que alegremente ayudaron a inflarla, en los brazos del FMI y el resto de los organismos multilaterales, siempre prestos a recomendar políticas que apliquen fielmente su catecismo neoliberal en la vida de la gente: no se trata de políticas macroeconómicas que los ciudadanos no sean capaces de percibir, se trata de subida de la presión fiscal a las clases medias y pobres, de privatización de sectores básicos como la educación o la sanidad (el copago sanitario ya no es un rumor), de congelación de salarios, etc. Pronto comprenderemos, aunque será tal vez demasiado tarde, que el FMI y el BM ha venido para quedarse.