Por Jesús García Pedrajas

Se cumplen ahora 50 años de la formación del primer gobierno democrático y autóctono de la RDC, y también se cumplen 50 años del pronunciamiento de uno de los discursos más valientes presenciados en un parlamento: el discurso de Patrice Lumumba frente al recién constituido parlamento de la RDC.

Cuando empezaron los discursos que le precedieron el joven primer ministro debió sentir que se acumulaba su rabia: no podría consentir que un día de felicidad y logros como aquel se convertía en un perverso homenaje al pasado por parte del rey Balduíno y de un humillante reconocimiento por parte del presidente Kasavubu de la superioridad moral e intelectual de sus amos blancos.

El rey belga había glosado, cruelmente para poder eliminar todo rastro de victoria del pueblo congoleño, los logros de su criminal predecesor, Leopoldo II, el antiguo amo colonial de un país entero al que, en el colmo del cinismo, se había llamado Estado Libre del Congo. Habló de los beneficios del pasado colonial, de la civilización y la modernidad que se había llevado a aquel rincón perdido del continente negro. Olvidó hablar del número indeterminado de millones de víctimas provocados por la esclavitud para obtener los máximos beneficios del saqueo del caucho, el marfil y los minerales; no dijo nada tampoco sobre las “legiones de mancos del rey Leopoldo”, mutilados por no cubrir su cuota de recogida del caucho; no recordó las violaciones ni los malos tratos.

El discurso del presidente Kasavubu no fue mejor: mencionó mucho a Dios y muy poco a los hombres y sus pecados, quiso dejar claro, al parecer, que él era un negro obediente no como aquel otro, con el que compartía gobierno, más carismático pero menos fiable para las multinacionales, para Bélgica y para EEUU.

Al parecer no estaba previsto que Lumumba hablara pero los presentes pudieron observar como tomaba notas frenéticamente mientras hablaban el rey Balduino y Kasavubu; entonces se levantó, se acercó a la tribuna y dejo escapar no sólo su ira, reflejada en sus palabras, sino de la todo un pueblo como el congoleño, demasiado acostumbrado a sufrir y morir en silencio. Habló, fría y directamente, de todas las crueldades infligidas a su pueblo, de todas las humillaciones, habló de la verdadera historia del Congo.

Uno de los efectos de sus palabras fue inmediato: los asistentes blancos de la antigua metrópoli y sus próximos colaboradores dentro del país se revolvían inquietos en sus sillas, hablaban entre ellos, se incomodaban por las palabras del aquel negro que osaba salirse de su papel, del papel de encargado de la plantación que se le había encomendado, la voz de Lumumba se mezcló con los aplausos del público, al menos de aquella parte del público que amaba su país.

El otro efecto del discurso de Patrice Lumumba fue igualmente rápido pero no se dejo notar en ese momento: se puedo ver, en los rostros del rey, del presidente, de los enviados de los gobiernos y empresas, que reflejaban odio y sorpresa a parte iguales, que aquello era una declaración de intenciones del todavía primer ministro pero que también se trataba de sus propia sentencia de muerte. El peligro de dejar con vida a semejante mal ejemplo para los nacientes estados independientes en todo el continente era demasiado grande: no bastaba con alejarlo del poder, había que eliminarlo, palabra frecuentemente usada en las comunicaciones entre las agencias de inteligencia y la Secretaría de Estado de EEUU.

Así fue: en unos meses, en Septiembre de 1960, Lumumba fue arrojado del gobierno por Kasavubu y en Enero del año siguiente torturado y asesinado por las tropas al mando del futuro dictador Mobutu. Del primer ministro asesinado nos quedaron sus palabras y su recuerdo.