Por Jesús García Pedrajas

Cuando un delito es transversal a la sociedad, atravesando todas las capas sociales, creencias, ideas y comportamientos, parece llegado el momento de actuar en dos frentes: judicial y educativo. De poco o nada servirá encausar a los perpetradores de agresiones y asesinatos de mujeres, cuando la educación que se reciba, principalmente en los hogares y el entorno social, sea cada vez más machista, desigual y que permita avalar y consentir estas actitudes.

Los modelos culturales y publicitarios se esfuerzan, por un buen precio, en ofrecer y exigir de las jóvenes una imagen de su seño centrada en el atractivo físico, no tanto por su bienestar y autoestima sino, más bien, para gustar y/o manipular al otro sexo que será, en la mayoría de los casos, el que tenga el poder.

Parece ser ésta la única vía, al menos la más fácil, para que una mujer obtenga lo que desee; se disfraza una estrategia usada desde la antigüedad, cuando las mujeres no tenían ningún acceso a la educación ni el poder, de un presunto neofeminismo, que sólo perpetúa los roles admitidos.

Este modelo es adaptativo: en las chiscas jóvenes busca, simplemente, gustar al chico y que pueda haber diversión, sólo para las chicas monas, eso sí; el modelo se hace pragmático cuando la mujer acceden al mercado laboral, entonces se trata de usar las mismas técnicas, ya validadas en edades anteriores, para conseguir diferentes objetivos, avances y mejoras en su puesto de trabajo o en su carrera laboral. Este comportamiento sólo puede restar valor al esfuerzo sincero de la mayor parte de las mujeres trabajadoras por buscar su sitio en el mercado laboral.

Frente a todas estas amenazas en contra, la coeducación se presenta como una herramienta poderosa y eficaz: el entorno educativo, incluyendo padres y educadores, puede ejercer gran influencia positiva, sobre todo en los adolescentes, que tiene una gran carga de inquietud e inseguridad, prestos a adoptar modelos de comportamiento ajenos, que le aseguren la integración y el éxito social, en muchos casos, a cualquier precio, como en el caso de las jóvenes, aún a costa de renunciar a sus derechos y libertades como mujeres.

La ocasión no debe perderse, el esfuerzo de educadores, padres y entorno familiar debe ser conjunto para demostrar a los y las jóvenes, con hechos y palabras, que la igualdad debe ser real, igualdad de derechos, no se trata de igualar los sexos de manera externa, como aducen algunos críticos, no se trata de que “seamos iguales”, iguales deben ser nuestros derechos y libertades.

La educación , por tanto, debe ser un punto central en la lucha por la igualdad de género, si es preciso con asignaturas impartidas en colegios, institutos o con cátedras en universidades; con planteamientos de base en la formación humana y académica de los alumnos. Las leyes de igualdad y paritarias tal vez puedan desaparecer en el futuro, por carecer de sentido, cuando se consiga que el porcentaje de mujeres que toman decisiones, que se sientan en los consejos de administración, que hacen las leyes o que ocupan cargos públicos y empresariales de responsabilidad, sea similar al de hombres.