Parecen endebles los cimientos de la conciencia de género en nuestro país: basta que un juez haga aparecer unas estadísticas interesadas sobre el porcentaje de acusados de maltrato que son, finalmente, condenados para que nos planteemos todas nuestras certezas sobre este problema tan acuciante de nuestra sociedad.

Obviando la dificultad de probar este tipo de delitos, tanto por la habitual privacidad de los malos tratos lo que propicia la falta de testigos, como por el miedo provocado en las víctimas, que les impide denunciar a sus agresores o ratificar dichas acusaciones a lo largo del proceso judicial, el magistrado alude a la falta de condenas como ¿prueba? de que las acusadas mienten.

Debemos plantearnos si la ausencia de una condena implica, de manera directa, que la acusación es falsa o que el denunciante no decía la verdad cuando planteó su acusación. Debemos plantearnos cuál es el porcentaje de sentencias condenatorias en el resto de delitos. Debemos pensar si la existencia de casos, bien aireados en los medios de comunicación, de acusaciones falsas implica que la mayoría de las mujeres mienten cuando dan el siempre difícil paso de denunciar a sus parejas.

Es difícil el camino, y está apenas iniciado, de la igualdad de género; está lejos de conseguirse dicha igualdad cuando las palabras y opiniones de un magistrado, tan respetables como cualquier otras, chocan con la cruda realidad de cincuenta y cinco muertes por malos tratos en 2.009, y dichas palabras salen victoriosas, poniendo en tela de juicio una realidad que, a fuerza de ser rutinaria, empieza a ser considerada inevitables, implícita en nuestra cultura y, al parecer, algo exagerada.

La realidad de la violencia de género dista mucho de ser contada de manera exagerada: estamos ante un tipo de delito y de delincuente muy particulares, mientras que el delito puede ser continuado a lo largo de varios años, sin apenas posibilidad de escape para la víctima, el delincuente se permite el lujo de alardear de sus actos y de sus intenciones futuras, puede vanagloriarse ante sus conocidos de tratar a su mujer como todas ellas se merecen, puede amenazar en público con matarla si ella decide hacerle frente al fin y, en los más tristes de estos casos, cumple dicha amenaza, a veces delante de sus propios hijos, otras en medio de la calle o a la salida del trabajo de la víctima, esa salida laboral de la mujer suele ser uno de los puntos más odiados por el agresor, ya que echa por tierra la nulidad personal y laboral a la que pretende reducir a su pareja.

Esta es, por desgracia, la realidad más frecuente en la violencia de género, la existencia de acusaciones falsas en este tipo de delitos, como en cualquier otro, o la dificultad de obtener sentencias condenatorias no resta gravedad a los hechos; la opinión de este y otros jueces no deja de ser una señal de que la igualdad de género no ha llegado ni a la justicia ni a la sociedad que ésta juzga.