Por Jesús García Pedrajas

Si algo impide resistir la tortura es su aparente falta de método, su imprevisible rutina. La resistencia de la víctima se centra en la espera: en reunir fuerzas esperando que llegue el momento de otra sesión, y en esperar, una vez que llega, a que ésta termine; para la primero tal vez emplee su pensamiento en recordar que su causa es justa o que, tal vez, no tenga causa por la que luchar, porque no sepa nada de lo que los torturadores le preguntan. Para aguantar el tiempo interminable de los malos tratos dejará volar su mente, intentándola librarla del terrible momento o apretará los dientes con rabia, prometiéndose a si mismo que no podrán con él.

Los métodos de tortura se basan, en muchos casos, en romper esos tiempos: la víctima nunca sabrá cuanto debe esperar, ni que temer, porque el horror siempre le llegará con una falta de rutina bien estudiada. Los mecanismos de defensa se vendrán entonces abajo, incapaces de enfrentar se a un enemigo desconocido, que se presentará, con seguridad, en el momento más bajo de su capacidad para defenderse: la capacidad del torturador para observar a su víctima en todo momento le permitirá conocer el instante exacto en el que someterlo a nuevas vejaciones.

La humillación continua que se inflige a las víctimas tiene, por otra parte, dos caras: si bien se usa para minar su resistencia, también se trata del peor reflejo de lo que implica la tortura, una relación de poder entre el torturador y la persona a la que tortura. Las escenas que nos hemos acostumbrados a ver, de vejaciones y humillaciones de todo tipo, muestran la realidad última que subyace: el torturador disfruta de su trabajo, el maltrato a su víctima no es el medio sino el fin, es más su destino que el camino para llegar a él.

La justificación de estás prácticas, incluso desde el punto de vista legal, es tan peligrosa y aberrante como la comisión de esos actos; avalar la excepcionalidad de las medidas que se toman por la excepcionalidad de los peligros que se afrontan siempre conlleva un peligro: que la sociedad se acostumbre a ellos hasta tal punto, que invente presuntos riesgos para poder usarlos.