Por Jesús García Pedrajas

En otro capítulo de la política de maquillaje del presidente Obama, ahora se decide a “dejar una puerta abierta” a las posibles investigaciones sobre las torturas bajo el régimen de Bush. Lo hace de una manera algo confusa porque, al mismo tiempo, habla de “mirar hacia el futuro”; de sus palabras se desprende que la intención de llevar a los responsables de dichos actos ante la justicia (de EEUU o de otro país) esta lejos de ser un fin y se trata, en realidad, de un medio: un medio para demostrar los nuevos tiempos que recorren EEUU (y, por extensión, el mundo civilizado), unos tiempos en que los torturadores no tienen cabida

De estas declaraciones del presidente Obama pueden deducirse varios escenarios posibles: que los acusados sean llevados ante la justicia de EEUU, en un amago de juicio que quede, por supuesto en nada; puede darse también, y parece más probable, que se les tache de “manzanas podridas” o de “excesos” en la lucha contra el terror pero se invoque la primera regla (“mirar hacia el futuro”) y no se les acuse judicialmente de ningún modo; lo que realmente parece casi imposible que es el presidente Obama permita que un ciudadano de su país rinda cuentas ante la justicia de otro, o bien ante algún organismo internacional: en el primer caso, porque siempre podrá aducir que los delitos se cometieron (en gran parte al menos) en suelo estadounidense aunque, como parece obvio, la verdadera razón es su inmensa soberbia; el segundo caso (ser procesado ante una corte penal internacional) resultaría milagroso, ya que EEUU es uno de las naciones que se puede permitir el lujo de no reconocer dichas instancias.

En todo este montaje está claro que el papel de bella lo hace el mesiánico presidente Obama, dejando el papel de (bastante) bestias a gente como Richard Cheney o Donald Rumsfeld; podemos imaginar la situación, entre bastidores, en la que Obama alecciona a los citados, diciéndoles que salgan al escenario y se muestren todo lo ofendidos que puedan ante las acusaciones de que, bajo sus mandatos, se torturó, se secuestró y se asesinó sin ningún pudor. El papel estelar, por supuesto, queda para el flamante nuevo presidente: como vemos, irrumpe bajo los focos y declara que, durante su gobierno, nunca más se producirán hechos como estos (que la CIA diga que no lo va a hacer más, como si se tratara de una travesura, no parece ser una declaración muy fiable, en boca de los que nos han mentido tantas veces) y que, llegado el caso, se investigará lo que hayan hecho sus antecesores, algo difícil, si se trata de mirar hacia delante.

¿Qué fiabilidad puede darse a sus palabras? ¿Cómo podemos creer que se está dispuesto a no seguir cometiendo estos hechos? Si ni siquiera se investiga lo que, más o menos abiertamente, se reconoce; ¿Cómo se puede esperar que se investigue lo que no llegue a hacerse público?

La consigna de mirar hacia el futuro queda perfecta como promesa electoral, o como aval para justificar una guerra preventiva (es decir, se justifica dicha guerra porque, mirando cabía el futuro, se puede ver la maldad evidente y las criminales acciones que llevarían a cabo desde el país invadido, si se les diera la oportunidad). Esta doctrina clarividente tiene, eso sí, poco valor como argumento jurídico ya que debe resultar difícil juzgar hechos que no sean pasados; de este modo, parece claro que Obama no plantea, en ningún momento, mirar hacia ese oscuro pasado.