Por Jesús García Pedrajas

Y la mujer cogió el libro entre sus manos, y no sabía que podía ser aquello, no podía aún comprender que había encontrado un arma poderosa. La llevo al pueblo, preguntando a todos aquellos con los que se cruzaba, si sabían que era el extraño objeto que portaba apretado contra su pecho. Nadie pudo responderle, algunos dijeron que fuera a la casa del anciano, al fin y al cabo, en otro tiempo, había viajado mucho fuera de aquellas tierras, y tal él pudiera responderle. La mujer dudó, se trataba de un hombre extraño y silencioso, habitaba en lugar algo apartado, en soledad, acompañado tan solo a veces por sus recuerdos.

Se decidió al fin, y se acercó a la casa, llamándolo con voz queda:

-Anciano -no sabía su nombre-.

-¿Qué quieres, mujer? -le respondió una voz desde la oscuridad del interior de la choza.

-Anciano-repitió ella- he encontrado algo extraño, quisiera que lo vieras.

-Entra-se oyó de nuevo la voz.

La mujer entro en la cabaña, con la mezcla de respeto y miedo con la que solían tratar a aquel hombre.

-Anciano, mira este raro objeto. ¿Qué puede ser?.

El hombre la miro despacio, luego miró el libro y leyó su título, “Los derechos de los pueblos”. Palideció de repente.

-Debes destruirlo de inmediato- casi asustó a la mujer con la fuerza repentina de su voz.

-Pero, ¿qué es, anciano?- insistió ella.

-No importa eso, sólo puede traer la destrucción y la desgracia al pueblo-le respondió.

-Anciano, quiero saberlo-repitió la mujer.

El hombre, al fin, suspiró resignado.

-Es un libro- dijo, después de largo silencio.

-Un libro-respondió ella- nada significaba esa palabra.

-Es algo así como un arcón-intentó hacerle comprender el anciano- donde se guarda la sabiduría de muchas gentes, vivas o desaparecidas hace mucho tiempo, sus palabras quedan atrapadas en el libro, y su fuerza ya nunca se puede debilitar.

La mujer escuchó maravillada todo aquello,

-Anciano- le rogó- ¿Tú sabes como podemos sacar ese saber de esto que llamas libro?.

-Así es- fue la respuesta del hombre- puedo enseñaros, pero todos correremos entonces un gran peligro.

-No importa anciano-la mujer no comprendía a qué peligro podía referirse, así que no podía temerlo.

-Sea como desees-concedió al fin.

El anciano bajó al pueblo, acompañando a la mujer, que iba contando a todos los vecinos con los que se encontraban, las cosas extrañas y maravillosas que le había relatado aquel hombre; una multitud se fue acercando a ellos y, cuando llegaron a la pequeña plaza, se fueron sentando alrededor, en el suelo de tierra apisonada.

Y el anciano les hablo largo tiempo, y les contó lo que decía aquel libro, y les enseñó a leerlo, y en aquel maravilloso momento, los hombres y las mujeres del pueblo fueron descubriendo que aquel extraño objeto era como una máquina del tiempo y del espacio, desde la que otras gentes les hablaban, gentes desconocidas, pero tan cercanas.

Y les enseñó también la magia de la escritura, porque aquel libro era como una fuente de saber, de la que podía beberse, pero a la que también se podía alimentar.

Porque el libro hablaba de las injusticias del mundo, y de que el reparto de la tierra, y esto lo comprendieron bien en aquel pueblo de campesinos, dejaba ésta en poder de unos pocos, que vivían muy lejos, que nunca se mancharon las manos con el duro trabajo en el campo, nunca sudaron sobre el arado, y en su vida nunca conocerían la alegría de recoger una cosecha criada con sus propias manos.

Y los hombres y las mujeres hablaron largo tiempo entre ellos, y decidieron al fin que vivían en medio de una gran injusticia, y que irían todos juntos a pedir al amo de aquel pueblo y de aquellas tierras, que les devolviera lo que, en justicia, les pertenecía.

Y el anciano lloró a escondidas, puesto que sabía lo que pasaría luego, lo había visto en el pasado, demasiadas veces; porque el cacique se enteró de lo que pretendían, y esa noche muchos hombres armados llegaron al pueblo, y lo arrasaron, y mataron a todos aquellos que no pudieron huir a las montes.

Al alba, las ruinas humeaban en silencio, pero el libro no había perecido, y llegaron hombres y mujeres de los pueblos cercanos, y lo encontraron, ellos no lo sabían aún, pero en el libro una mano de mujer había escrito:

“luchad hermanas y hermanos, luchas todos juntos contra la injusticia, algún día ha de acabar, y las gentes podrán vivir en paz, y no tendrán que morir en guerra.”

Aquellos campesinos tampoco habían visto nunca aquel objeto, y lo llevaron a uno de los poblados cercanos, donde habitaba otro anciano, que tal vez podría decirle qué era aquello…aún lo desconocían, pero llevaban con ellos un arma poderosa.