Por Nicolás García Pedrajas

El pasado 5 de marzo el arzobispo de  Recife, al noreste de Brasil, José Cardoso, excomulgó a la madre de una niña y al equipo médico que recomendó y le practicó el aborto de gemelos de cinco semanas de gestación para salvarle la vida [1]. Esta niña había quedado embarazada después de ser violada de forma continua por su padrastro desde los 6 años. La monstruosidad de este comportamiento de la jerarquía católica es difícilmente comprensible.

Resulta increible imaginar como nadie puede preferir la muerte de una niña violada por su padrastro en virtud de la creencia en no sé qué ser superior. En realidad no hay nadie que puede contribuir tanto al ateísmo como los católicos. ¿Qué clase de monstruo todopoderoso, sediento de sangre y sufrimiento humano, puede preferir la muerte de esta niña a que se le practique un aborto? Solo mentes emfermas, presas en el propio laberinto de su locura pueden actuar así.

No se trata, sin embargo, de un comportamiento nuevo o aislado de la iglesia católica. Es el mismo con el que califican a los homosexuales de enfermos o con el que se oponen al uso del preservativo en un continente con más de 22 millones de enfermos de SIDA. Sólo desde lo más oscuro de sus propias obsesiones se pueden entender y justificar este tipo de actitudes. Si no fuera por la influencia que tienen estos comportamientos sobre millones de seres humanos no producirían ni siquiera una mueca de desprecio, pero el problema es que las palabras de estos  jerarcas de la iglesia católica producen muerte y dolor en todo el mundo.

A mi sólo me producen asco.

[1] http://www.larepublica.es/spip.php?article14723