Por Jesús García Pedrajas

Aparecido en Rebelión

Entre graves acusaciones de ser un gorila o de ser un reformador que hace políticas sociales que favorecen a los habituales excluidos, lo que parece hacer difícil su derrota en las urnas; el presidente Hugo Chávez ha recibido el apoyo mayoritario del pueblo venezolano, en el referendo celebrado recientemente. Al igual que los gobernadores y los parlamentarios, el presidente obtiene el privilegio del que disfrutan la mayoría de los mandatarios europeos, y occidentales en general.

Las críticas recibidas demuestran tanto el racismo, mostrado en los adjetivos con lo que pretender insultarlo, ya sea indio, negro, gorila, o cualquier otro epíteto que, a los ojos de sus contarios, denigra al presidente; del mismo modo, es atroz lo que se esconde detrás de la, si se puede llamar así, acusación, de hacer políticas que favorezcan a las mayorías, criticando el hecho de que, de este modo, es difícil que pierda unas elecciones: es decir, que no importa que mejoren las condiciones en educación, sanidad y derechos sociales de la mayor parte del pueblo venezolano, nada de eso importa, si el poder oligárquico no controla el gobierno.

Es ridículo, por otra parte, el ansia de algunos críticos políticos de intentar justificar las, según ellos, salidas de tono del presidente Chávez, pidiendo excusas por esos actos, argumentando que, en el fondo, aunque su estilo no responda al perfil occidental del político, es fiable y no pretende ser un dictador. No se entiende este comportamiento, por varios motivos: nadie, entre los movimientos sociales y políticos reformadores latinoamericanos actuales, necesita, ni pedirá a Occidente su sello de calidad, ni su aval, ni su permiso, para poder gobernar y trabajar por sus propias naciones; de ninguna manera ansían que, desde este lado del mar, le demos nuestra bendición y, amablemente, les indiquemos que políticas deben tomar, si quieren formar parte, en el lugar que les corresponde, en el orden internacional. En segundo lugar, resulta sangrante que el modelo aceptado sea el del político occidental: corrupto, propenso al nepotismo, alejado del pueblo al que dice servir, cuando sus verdaderos amos son el capital y las grandes empresas; no sabemos si, cuando se plantea este modelo de político serio y honrado, nos estamos refiriendo a Silvio Berlusconi, a Tony Balir, a Betino Crasi, a Margaret Tatcher, a Giulio Andreotti o, tal vez, a Felipe González o José María Aznar. Indudablemente, ejemplos paradigmáticos de cómo no se debe gobernar una nación.

Parece evidente, por tanto, que los gobiernos que no pertenecen al eje de poder occidental se ven condenados a ser etiquetados en, puede definirse, aceptados, soportados y peligrosos. Al primer grupo pertenecen aquellos gobiernos en los que no molestan ni sus ideas ni sus actos, dóciles y prestos a ser la herramienta principal para el robo de sus pueblos, a cambio de ser apoyados, mantenidos o aupados al poder por aquellos a los que sirven; en el segundo grupo están aquellos en los que, si bien ciertas actitudes y modos de sus gobiernos no están bien vistas, sus actos no van más allá, no llevan a la acción esas ideas que propugnan en algunos foros e instituciones internacionales, a estos se les soporta, pero se les vigila estrechamente, por si hay que encuadrarlos en algún eje maligno, tan pronto como se vislumbre alguna posibilidad de que quieran llevar sus ideas a la práctica; por último tenemos al grupo de los peligrosos, en ellos preocupan tanto sus ideas como sus hechos, porque ambos van a la par, molestan por lo que dicen y por lo que hacen, son, en verdad, peligrosos para el mundo, al menos para el reparto actual que se hace del mismo.

Es curioso que, en apenas diez años, el gobierno de Venezuela haya pasado por estas tres fases con asombrosa rapidez: de los gobiernos de política neoliberal, dócil con Occidente, corrupta y en manos de las oligarquías petroleras, se pasó a una primera etapa del gobierno del presidente Chávez, no gustaban ni su aspecto ni sus formas, pero no se tenía la menor idea de la profundidad de las reformas políticas y sociales que tenía en mente, así que, simplemente, se le permitía existir; esta situación cambió bruscamente, todo ello provocado por decisiones clave: nacionalización de sectores energéticos clave, políticas sociales, de auto afirmación de una población desnuda de dignidad; es en este momento cuando deja de ser un payaso, y se convierte en peligro; se cuestiona, desde entonces, todo lo que hace, así como su legitimidad, puesta en manos del pueblo venezolano en trece ocasiones en estos diez años. Ni el presidente de Venezuela, ni ninguno del entorno latinoamericano y del Caribe, necesita ni pide pasar por ninguna prueba de su legitimidad, esa que les dan las urnas en sus respectivas naciones.