Por Jesús García Pedrajas

Ocurre en ciertos países de América del Sur un hecho curioso: si ganas unas elecciones o cualquier otro tipo de consulta popular con más del 60% por ciento de los votos, en realidad, has perdido. No importa el hecho de que dicha consulta sea a nivel nacional, siempre podrán escudarse los derrotados en que, en su autonomía (o en su barrio, o en su calle) han salido victoriosos. ¿Victoriosos en qué? Si el pueblo boliviano (no Santa Cruz, Beni, Pando o Tarija) aprueba una reforma constitucional por tan amplia mayoría, no se entiende que se “objete” sobre esos resultados, argumentando que, en sus respectivas autonomías o departamentos, los resultados parciales han sido favorables a sus intereses; esos resultados a su favor serán perfectamente aceptables cuando sea elegido el prefecto correspondiente, o cuando la consulta o elección correspondan a ese departamento; tras estas declaraciones tan sólo se esconde la incapacidad para aceptar una derrota aplastante en las urnas. No parece muy creíble que, por ejemplo en nuestro país, en las próximas elecciones generales, determinadas autonomías se negaran a aceptar como presidente al ganador, argumentando que, al menos en su autonomía, no tenía la mayoría de los votos. Ante la imposibilidad de vencer en las urnas (los pobres en Bolivia, como en la mayor parte del mundo, siempre son más), se escudan en una imposible partición de los resultados, con el fin de impedir el proceso reformador en el país. Las palabras del presiente Morales son, es cierto, una amenaza: “vamos a acabar con el colonialismo”; por supuesto que suenan a amenaza, a las oligarquías que han copado el poder y las riquezas en el país desde hace tanto tiempo que creen que es así por derecho divino, sí, a esos oligarcas les resulta una amenaza que el reparto de la tierra y de la riqueza merezca tal nombre, que no sea, como hasta ahora, un simple saqueo. La consigna, por tanto, es clara: oposición frontal (político, social y/o militar) a las reformas con el fin último de hacer caer al gobierno en la trampa: la negociación, es aquí donde, de manera indudable, quieren llegar; por varias razones evidentes: las concesiones nunca serán consideradas suficientes y serán criticadas siempre, a sabiendas que sus favorables a sus intereses; en segundo lugar, a mayor número de cesiones a los poderosos, mayor desencanto y derrota entre los votantes del presidente Evo, que empezarán a considerar que la traición a sus esperanzas es el pago a la confianza puesta en su presidente; en tercer lugar, los sucesivos acuerdos para evitar una confrontación mayor irán debilitando la posición del gobierno y, por lo tanto, creando un nuevo status quo sin posible retorno, puesto que es evidente que las oligarquías no cederán de nuevo ninguno de los derechos que se les concedan. La única posible vía nos parece clara: adelante con las reformas, por medios democráticos (mucho más democráticos que los habituales en nuestro Occidente), luchando contra las evidentes fuerzas opuestas, tanto mayores cuanto de mayor calado sean dichas reformas, ni un paso atrás, es lo que se debe a un pueblo tan largo tiempo masacrado que se encuentra ante su gran oportunidad, ¿no queda suficientemente claro que las oligarquías no volverán a verse “sorprendidas”?; su respuesta es sólo el eco patético de una clase acomodada que no ha visto venir un proceso reformador que, en el fondo, no busca la confrontación con el poder hegemónico, tan sólo una vida mejor para la mayor parte de los bolivianos. Es igual. Para los poderosos no se trata de ese asunto, es más sencillo: el que está acostumbrado a mandar y acaparar la riqueza, le resulta insoportable la pérdida de la más mínima porción de ese poder. La derrota es el fin que se vislumbra para el actual gobierno y el pueblo bolivianos si convierte un razonable proceso negociador en una sucesiva serie de heridas que terminen por desangrar al proceso revolucionario reformador que se vive en el país.