Por Nicolás García Pedrajas

En los últimos tiempos se está poniendo de manifiesto de forma muy clara la esquizofrenia en la que se ha instalado la derecha española. Desde que se ha comenzado a hablar abiertamente de la represión franquista, su estado de nervios es tal que de forma alternativa se colocan en dos posturas que son antagónicas. Por un lado, niegan ser los herederos de la dictadura y defienden su intachable origen democrático, pero a la vez se empeñan en defender a esa dictadura con la que afirman no tener relación.

El problema fundamental es que la negación de su relación con el franquismo resulta poco creíble cuando su fundador es un ex ministro de Franco, como Manuel Fraga, cuando líderes como Mayor Oreja defienden lo bien que se vivía con Franco, o cuando las banderas de la dictadura ondean en las manifestaciones de la derecha sin que a nadie parezca molestarle.

La razón de su nerviosismo es que poco a poco, a pesar de las zancadillas judiciales o de que el gobierno actúe a remolque de las asociaciones de recuperación de la memoria histórica y de mala gana, la realidad del franquismo está saliendo a la luz. Esa imagen casi idílica de una dictablanda benévola se está disolviendo en el aire como muchas otras mentiras de la historia. La verdadera cara del franquismo está en las fosas con cientos de muertos, en los maestros asesinados por enseñar a los pobres, en la represión que duró hasta muchos años después de acabada la guerra. Poco a poco se está conociendo la verdad atroz de la dictadura. Los datos no dejan margen a la interpretación, casi 140.000 desaparecidos están documentados. Para que nos hagamos una idea de la magnitud del genocidio, juntas todas las dictaturas de América Latina en los últimos 40 años no alcanzan esa cifra de desaparecidos. Dado el repugnante salvajismo de las dictaduras de Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Chile o Argentina, es fácil de imaginar hasta que niveles de barbarie llegó el regimen franquista.

Pos eso no debemos cansarnos en defender la verdad de la historia, en España no hubo una guerra cívil, hubo un golpe de estado, seguido de casi cuarenta años  de dictadura atroz y asesina que dejó cientos de miles de cadáveres de represaliados en las cunetas y las tapias de los cementerios de nuestro país. Ellos se merecen que al menos no se manche su memoria ni se justifique a sus asesinos.