Por Nicolás García Pedrajas

La crisis de los partidos políticos de izquierdas en toda Europa es un hecho que resulta bastante difícil de negar. En la gran mayoría de países europeos los gobiernos están actualmente dirigidos por partidos de derechas, o por partidos, como el Laborista británico, que han abandonado totalmente cualquier atisbo de políticas de izquierda, salvo en temas anecdóticos o marginales. En el “mejor” de los casos encontramos partidos de izquierda que mantienen la defensa de un capitalismo algo menos depredador del que impera en EE.UU., como es el caso del PSOE en España.

Sin embargo, la crisis de la izquierda europea no radica sólo en la pérdida generalizada del poder. Al fin y al cabo, la mayoría de los partidos oficialmente de izquierdas que han gobernado Europa en los últimos años tampoco se han caracterizado por aplicar políticas mucho más sociales que las que aplican los gobiernos ultraliberales de Sarkozy o Merkel. Incluso, en Alemania es la socialdemocracia la que gobierna junto con la derecha. El problema fundamental es la falta absoluta de referentes ideológicos de la izquierda, que ha perdido completamente la batalla contra el discurso hegemónico liberal. La mayoría de políticos e intelectuales de izquierda no se atreven a discutir los principios básicos del capitalismo, y han reducido la acción política  de la izquierda a la aplicación de medidas dentro de un estrechísimo margen de actuación que es dirigido no por el pueblo soberano sino por el gran capital.

Esta “enfermedad” afecta no sólo a los partidos políticos, sino también a los movimientos sociales. En el caso de los partidos políticos con aspiraciones de gobernar este distanciamiento de los principios de la izquierda es fácil de explicar. Hace bastante tiempo que estos partidos abandonaron sus convicciones a cambio de una porción, eso sí, pequeña, del pastel del gran capital. El apoyo a las políticas liberales y al desmantelamiento del estado del bienestar se paga con favores. Como casos más destacados recordemos el contrato de Schröder con Gazprom, o Tony Blair con el grupo Carlyle.

El problema, sin embargo, no radica en estos partidos políticos que han dejado de serlo, sino en los movimientos que creen de buena fe ser de izquierdas y han asumido completamente los postulados del capitalismo y el imperialismo, quedándose en críticas superficiales, pero sin atreverse a atacar sus pilares. El activista sudafricano, torturado y asesinado, Steve Biko solía decir que el arma más poderosa en las manos del opresor es la mente del oprimido. En este sentido, la derecha ha ganado completamente la batalla ideológica a la izquierda, habiendo conseguido que esta se avergüence de sus referentes y no se atreva a criticar las bases del imperialismo.  Jean Bricmont en su libro “Imperialismo humanitario”, afirma que la fortaleza de un sistema ideológico radica en hasta que extremo sus presupuestos ideológicos son compartidos por aquellos que se consideran sus críticos más radicales. En el caso de la izquierda, incluso los movimientos radicales son ya incapaces de mantener un discurso alejado de los postalados del libre mercado y la insolidaridad social.

Es en este campo donde la izquierda ha reunciado a luchar. El temor ha contravenir los postulados generalmente aceptados domina totalmente su acción política. Así vemos como se ataca desde la izquierda a estados como Cuba que han conseguido avances en justicia social que son difíciles de encontrar en otros países incluso mucho más desarrollados. Se contrapone a estos avances la ausencia de elecciones “libres” en el sentido que se entiende en EE.UU. o Europa occidental, ignorando la perversidad del sistema en estos países donde sólo los partidos que aceptan el poder económico de las oligarquías tienen el acceso a los recursos necesarios para poder participar en la contienda electoral. Se condena a presidentes democráticos como Hugo Chávez o Evo Morales por intentar realizar en sus países unas reformas no muy alejadas de las políticas que hasta hace unos años defendían y aplicaban la socialdemocracia en Europa. Todo ello desde una postura de arrogancia y pretendida superioridad moral de Europa que hace ver que la mentalidad colonial aún perdura en este continente, tanto en la derecha como en la izquierda.

Ante este estado de prostración absoluta, la solución ha de pasar por una izquierda que sepa construir su propio discurso, sin caer en las trampas de la ideología dominante, y siendo capaz de proponer soluciones reales. Uno de los defectos fundamentales de la mayoría de los movimientos de izquierda actuales es el absolutismo moral en el cual se han instalado. En este sentido estos movimientos se sitúan en una especie de plano superior desde donde dictaminan condenas morales a cualquier movimiento social real. Así equiparan las atrocidades de EE.UU. en Iraq con las acciones de resistencia, los asesinatos masivos de Isreal con la resistencia palestina, o los intentos de golpe de estado en Venezuela con cualquier declaración más o menos salida de tono de Hugo Chávez. El problema básicamente de estos  movimientos es la ausencia real de preocupación por los problemas generados por el capitalismo. La mayoría de ellos surgen de situaciones acomodadas que tienen en los movimientos “solidarios” una nueva moda que les permite aumentar su autoestima. La izquierda debe huir de estos “pijos” de izquierda.

Para esta reconstrucción es fundamental volver a la realidad. Una solución de izquierdas debe estar basada en los principios irrenunciables de justicia social, igualdad y libertad. Sin embargo, una solución es un enunciado práctico de cómo resolver un problema, no valen las generalidades, ni el enunciado vacuo de buenas intenciones. Si se quiere proponer a la sociedad una oferta diferente a la del capitalismo sin límite, hay que construir alternativas reales y creíbles. El pretender soluciones imposibles sólo conduce a desprestigiar a los movimientos de la izquierda real, porque dan la coartada a la izquierda vendida al capitalismo de que lo que se proponen son soluciones utópicas que, si bien cualquier persona apoyaría, no son realizables.

Para este objetivo hace falta volver a algo que una parte importante de la izquierda parece haber olvidado: el trabajo y la formación. Resulta enormemente descorazonador ver el comportamiento de los representantes de los movimientos de izquierda en lo debates políticos. En la gran mayoría de los casos su formación es casi nula, y resultan presa fácil de cualquier político con un mínimo de experiencia. Esto contribuye de forma decisiva a extender la imagen de la izquierda verdadera como algo fuera de la realidad que propone medidas sin ninguna utilidad práctica. Durante la República los anarquistas se reunían para estudiar economía y política y los más formados enseñaban a los que no sabían. Este mismo patrón se repitió en las cárceles franquistas por parte de los presos políticos del fascismo español. Ese espíritu hay que recuperarlo. Proponer soluciones justas a los problemas de un mundo tan complejo como el que tenemos requiere de mucho trabajo y esfuerzo.

Julio Anguita solía decir aquello de “Programa, programa, programa”, para recuperar el valor de la izquierda de verdad, lo que ahora necesitamos es “Trabajo, trabajo, trabajo”, para que el programa que se construya sea justo, realizable y creíble.