Por John Pilger

Traducido por Mariola García Pedrajas

En 1941, el editor Edgard Dowling escribió: “Los dos grandes obstáculos para la democracia en Estados Unidos son, primero, la ilusión vana ampliamente extendida entre los pobres de que tenemos una democracia, y segundo, el terror crónico de los ricos, no sea que vayamos a tenerla.” ¿Qué ha cambiado? El terror de los ricos es mayor que nunca, y los pobres le han pasado su ilusión vana a aquellos que creen que cuando George W. Bush finalmente deje el poder el próximo enero, sus numerosas amenazas al resto de la humanidad disminuirán.

La asumida nominación de Barak Obama, el cual, según un comentarista sin aliento, “marca un momento histórico y verdaderamente emocionante de la historia de Estados Unidos”, es un producto de la nueva ilusión engañosa. De hecho, solo parece nueva. Momentos históricos y realmente emocionantes han sido inventados alrededor de las campañas presidenciales de Estados Unidos desde que puedo recordar, generando lo que se puede describir únicamente como estupideces a gran escala. Raza, género, apariencia, lenguaje corporal, gestos de las esposas e hijos, incluso arranques de grandeza trágica, son todos subsumidos por el marketing y la imagen, ahora magnificados por le tecnología “virtual”. Gracias a un sistema de colegios electorales antidemocrático (o, en el caso de Bush, maquinas de votación manipuladas) solo aquellos que controlan y al mismo tiempo obedecen al sistema pueden ganar. Este ha sido el caso desde el momento histórico y realmente emocionante de la victoria de Harry Truman, el Demócrata liberal del que se decía que era un humilde hombre del pueblo, que pasó a demostrar lo duro que era destruyendo dos ciudades con la bomba atómica.

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