Por Jesús García Pedrajas

El análisis de la situación en África se hace preocupante cuando, en los medios teóricamente situados más a la izquierda, como es el caso del periódico Público, se publican artículos como el titulado “África no es inocente” en su edición del 10 de Julio (en la edición impresa aparece como enlace web una noticia relacionada con la reelección del presidente Mugabe), en la que se nos hace ver como la situación en el continente es una mezcla, en partes más o menos iguales, de la desidia en las ayudas de la comunidad internacional y, por otro lado, de la ambición, corrupción y crueldad de sus dirigentes.

Resulta, al menos, pretencioso y falto de rigor pretender analizar la situación de un continente en su conjunto y sin tener en cuenta las particularidades de cada nación con una serie de razonamientos que se pretenden que sean de aplicación para un continente que alberga más de cincuenta naciones y un número inmenso de etnias e identidades distintas. Como observamos en la mayoría de los análisis confeccionados en Occidente, África vuelve a reducirse a un todo, negro y/o musulmán, salvaje, corrupto y atrasado. No entenderíamos que, por ejemplo, para hablar de las continuas crisis y cambios de gobierno en un país como Italia, se argumentaran motivos como el excesivo fraccionamiento del continente europeo o la corrupción generalizada de su clase política, la aplicación de políticas neoliberales en la mayoría de los países que la forman o, en general, cualquier criterio que no se enfocara a la situación de Italia en concreto y si a características aplicables a toda la región. ¿Por qué debemos consentir estos pretendidos análisis de las situaciones en diferentes gobiernos o regiones de África con argumentos generalistas, recurrentes y faltos de rigor?.

Es escandaloso, por otra parte, que se achaque la situación de pobreza que se vive el continente (en gran parte) a la corrupción de sus dirigentes, y lo es pos varias razones: tan sólo las más recientes políticas de ajuste estructural impuestas (y fracasadas) por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han provocado más muertes por hambre y enfermedad que todas las políticas represivas de sus peores gobiernos; en segundo lugar, las exigencias de dichos organismos para enfocar la política y la economía (muy especialmente del sector agrario) de los países africanos con el fin de poder hacer frente a los intereses de sus deudas externas (en ningún caso está a su alcance poder cancelar unas deudas siempre crecientes) han cambiado unas agriculturas diversas y de subsistencia (y de soberanía alimentaria) a otras encaminadas al monocultivo (cuyo exponente más reciente son los biocombustiibles) y a la dependencia de las exportaciones para poder alimentar a regiones que han gozado, históricamente, de excedentes de alimentos; en tercer lugar, la rapacidad con la que las transnacionales, europeas y norteamericanas en su mayoría, explotan las riquezas naturales de los países africanos, saqueándolos y dejando un beneficio ínfimo en los mismos, condiciona de manera dramática la economía y, por tanto, la vida del pueblo africano.

En definitiva, son precisamente los poderes anteriormente citados los que rigen la política africana, los que imponen y derrocan gobiernos con un criterio único y excluyente: la usabilidad de dichos gobiernos. ¿Por qué debemos seguir escuchando análisis desde la pretendida izquierda en los que se critican, en determinado momento, a determinados gobiernos por unos actos que es posible que lleven haciendo mucho tiempo? En un patético seguimiento de las estrategias mediáticas de los medios de comunicación de masas, se nos hace ver la crueldad de unos dirigentes africanos a los que, hasta hace poco, podíamos verlos como líderes legítimos de sus pueblos. ¿Por qué no reconocemos que lo que hace cambiar, en el fondo, la forma de presentarnos a un presidente africano, es su resistencia a aplicar las políticas económicas más acordes con los dictados de Occidente?

No negamos la corrupción de ciertos gobiernos africanos, de la misma manera que tampoco la ponemos en duda en la mayoría de los gobiernos europeos y norteamericanos; no negamos las posibles elecciones fraudulentas en países africanos, tal como las hemos visto en EEUU, Italia o México; no negamos el trato cruel de algunos gobiernos a su pueblo, al igual que lo hemos visto en tanto países occidentales, ¿por qué, entonces, debemos ofrecer esas razones como las causas de la pobreza en África? La injusticia con que un gobierno trate a su pueblo en África será silenciada en Occidente hasta el momento en que dicho gobierno no sea complaciente con el poder económico mundial que, en ese momento, mandará a su fiel servidor, los mass media, a preparar, con sus críticas, el terreno para una intervención humanitaria, un cambio de régimen o cualquier otro eufemismo para la masacre de cualquier país que interponga en su camino.

Es triste ver como, en el citado artículo, se aplican a la invasión etíope de Somalia, los mismo criterios y términos que usan para justificar la política imperial de EEUU en el resto del mundo: textualmente “son las tropas envidadas por Etiopía las que echaron del poder a las milicias islámicas y las que se enfrentan ahora a una insurgencia creciente”. ¿sería concebible argumentar que el ejército francés habría invadido España para acabar con el problema del terrorismo en el País Vasco? ¿nos es evidente, en el mismo texto del artículo, que esa creciente insurgencia se produce por una intervención (invasión) por parte de una potencia extranjera de una nación soberana?.

Por último cabe recordar que la difícil existencia de gobiernos libres e independientes de Occidente siempre se ha visto cortada de raíz desde Occidente, como en el caso de Thomas Sankara, con golpes militares crueles y violentos o, peor aún, con las citas intervenciones humanitarias. Los procedimientos empleados en África son de uso exclusivo, por su evidencia y falta de complejidad en la búsqueda de excusas para justificarlos; en ninguna otra región del mundo se puede actuar con tanta impunidad y claridad. Hay gobiernos corruptos en África, como en el resto del mundo, tal vez la diferencia es que, a diferencia de en otros lugares, en África no se van a permitir que los haya de otro tipo.