Por Jesús García Pedrajas

La diferente visión que tienen las potencias hegemónicas a escala mundial de la situación en los continentes más amenazados por su política, América Latina y África, conlleva la necesidad de adoptar diferentes estrategias en los distintos entornos, con el fin de seguir controlando la situación.

Frente a la gran amenaza que supone para ellos el conjunto de gobiernos progresistas y soberanistas, elegidos por el pueblo, en varios países latinoamericanos; la oligarquía mundial se plantea la necesidad de que el mismo caso no se repita en un continente tan pleno de riquezas energéticas como es África. El caso de gobiernos democráticos (en ningún caso pueden recibir el apelativo de regímenes) como Venezuela, Ecuador, Bolivia o Paraguay preocupa al poder y le hace adoptar dos líneas de acción: por una parte, eliminar, de un modo u otro, los procesos de reforma en dichos países, incluso a costa de golpes militares, boicots económicos, etc. Por otro lado, se hacen el firme propósito de evitar que surjan nuevos casos, sobre todo aquellos que supongan ejemplos a seguir en zonas del planeta que adolecen, en su mayor parte, de gobiernos valientes (además de capaces de resistir las presiones económicas y políticas de los organismos internacionales); éste es el caso del continente africano.

La amenaza se hace mayor si tenemos en cuenta los contactos entre gobiernos de ambas regiones para colaboración económica, ayudas a la educación o la sanidad, suministro de energía a bajo costo para superar la dependencia energética de las multinacionales que, en muchos casos (el ejemplo más claro es Nigeria) son esclavos del petróleo o el gas natural extraídos de sus propios territorios. Se están realizando diversas cumbres económicas y políticas que no pueden menos que asustar a los poderes globalizadotes mundiales, ante la magnitud de los acuerdos que puedan adoptarse y las graves consecuencias para sus ya repletas arcas.

En América Latina ya se ha elegido la estrategia central para desestabilizar la región, con el fin de provocar la caída de los gobiernos soberanistas o, eventualmente, permitir una acción militar “humanitaria”: se trata, como bien es sabido, de la “balcanización” del continente o, más bien, de aquellas regiones implicadas más directamente en los procesos reformistas, no es casualidad que, entre el mosaico de naciones surgidas tras la independencia, en una zona con tan amplia densidad de tan diversas naciones, los procesos independentistas (que allí reciben apelativos cariñosos como independientes, autonómicos, liberadores, etc. mientras que aquí son tachados de terroristas) se estén produciendo, principalmente, en los tres países que se han situado al frente de las reformas: Venezuela, Bolivia y Ecuador.

El concepto de desestabilización varía, eso sí: para los gobiernos democráticos consiste en cualquier injerencia externa en su política interior, para las multinacionales y los gobiernos que las apoyan o las sirven, se trata de cualquier política interna de un gobierno soberano que interfiera con sus intereses económicos.

La elección, por otra parte, de agregados, asesores y otros cargos en América Latina por parte de EEUU provenientes de la región de los Balcanes acentúa el sentimiento de que la situación pretende repetirse en aquellas naciones que no se ciñan a las directrices económicas (esto es, también políticas) del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, en general, aquellas instituciones públicas o privadas que controlan los mercados mundiales.

La situación en África es muy distinta y, por tanto, la estrategia que se adopta también lo es: la intervención militar (ya la cobertura de silencio que la cubre por parte de los mass media es, todavía, la mejor herramienta para controlar incipientes movimientos de reforma; las excusas para dichas intervenciones varían desde la solución de crisis alimentarias, la lucha contra gobiernos terroristas o la pacificación de zonas en conflicto que, en general, suelen albergar ingentes recursos naturales. Es evidente que en el continente africano la situación es mucho peor que en América Latina, estas intervenciones no parecen posibles ahora en países como Ecuador o Bolivia, no a menos que se encuentren motivos en forma de incidentes fronterizos como el caso de los bombardeos de Colombia en territorio ecuatoriano, aún así, la presencia mediática en estos países hace que se encuentren en el centro de la política mundial y, por ende, hacen más complejos y sofisticados los mecanismos de intervención

La nula presencia en los medios (incluidos los españoles) de gobiernos africanos que adoptan medidas valientes como es el caso de Malawi, enfrentado a las políticas criminales de ajuste estructural del Banco Mundial y el FMI, hace que sea muy difícil la extensión a otras regiones de procesos de reforma en otros países de la región; las masacres militares se disfrazan de intervenciones humanitarias, con la complicidad de los mass media, y se hace tarea casi imposible llegan al fondo de las razones de los conflictos así como discernir los factores endógenos de las crisis producidas en estos países de aquellos impuestos desde el exterior con el fin de facilitar una intervención posterior.

Como ya hemos repetido, la esperanza para el continente africano debe venir de la capacidad para tender puentes hacia América Latina, hacia los gobiernos que allí resisten y luchan por un reparto equitativo (al menos no tan desigual) de la riqueza, aunque sea al precio de enfrentarse con los que la detentan casi en exclusiva. La tarea nos es fácil porque, como suele ocurrir al inicio de un movimiento, las fuerzas de reacción suelen ser muy agresivas con el fin de que dichos movimientos no cobren fuerza y se extiendan, dando a conocer a los pueblos alternativas posibles a las pésimas condiciones de vida en las que sobreviven.