Por Nicolás García Pedrajas

La libertad de expresión no pasa por sus mejores momentos en ningún país del mundo. Los medios de comunicación, que se han convertido en empresas de propaganda de las grandes corporaciones, silencian rutinariamente las opiniones discrepantes con el modelo neoliberal.

Sin embargo, en España la situación es aún peor cuando se trata de la monarquía. En ese caso, todos los principios básicos de la libertad de expresión y el estado de derecho se ponen en estado de excepción, para permitir a los jueces decidir sobre lo que es criticable y lo que no. El caso más flagrante fue la condena a los diubujantes de El Jueves por una viñeta en la cual representaba a los príncipes. Sin embargo, no es el único caso. El programa El Tomate de Tele 5 fue eliminado de la programación de la cadena privada, a pesar de ser uno de los más vistos, sin ninguna explicación convicente. Casualmente esto ocurrió poco después de quel programa empezara a incluir contenidos relacionados con la familia del rey. Es obvio que la basura habitual del programa no pudo ser la causa de su eliminación de la programación, porque esos eran sus contenidos desde que comenzó su emisión.

Y en los últimos días hemos tenido un nuevo episodio. La audiencia nacional ha ordenado reabrir el caso contra los periódicos Deia y Gara [1] por la publicación de una viñeta en octubre de 2006 y un artículo de opinión [2]. La fiscalía en su escrito de acusación afirma que las expresiones de la viñeta son “superfluas e innecesarias para el ejercicio de la libertad de expresión y que su objetivo era la de presentar la imagen del monarca como la de un borracho y un alcohólico”. Es decir, es la fiscalía y el juez los que deben decidir los pensamientos que se pueden expresar y los que no. La libertad de expresión desaparace cuando se critica a la monarquía.

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El problema es sencillo, monarquía y estado de derecho son incompatibles. La monarquía sólo se sustenta convirtiendo la persona del rey en un ser intachable, sin ningún defecto, símbolo de todas las virtudes. Dada la imposibilidad de que exista una persona así, se crea una atmósfera de autocensura entre los periodistas, que reconocen abiertamente la mayoría de ellos. La prensa crea una imagen de perfección absoluta del rey que resulta realmente ridícula. La situación llega al patetismo cuando es el mismo rey el que comete deslices públicos. El ejemplo más sublime es el de la cumbre de jefes de estado y gobierno de América Latina, cuando los informadores jalearon una actuación del rey, que fue como mínimo de una grave falta de educación. Sin embargo, la autocensura falla, porque aún quedan periodistas con la suficiente dignidad para no aceptarla. Para esos casos tenemos los jueces y las leyes, que van contra los principios mínimos de una democracia, para condenar a los discrepantes y atemorizar a los demás.

[1] http://www.elpais.com/articulo/espana/oso/Mitrofan/libertad/expresion/vuelven/banquillo/elpepuesp/20080617elpepunac_11/Tes

[2] http://www.gara.net/idatzia/20061102/art187080.php