Por Nicolás García Pedrajas

El los últimos meses se están acumulando noticias negativas para la economía mundial, a pesar de que hasta hace muy poco tiempo los gurús del neoliberarismo nos prometían que las crisis económicas eran cosa del pasado. Más allá de constatar una vez más la poca validez de las predicciones económicas, que corrobora aquella vieja definición de que un economista es alguien que te dice lo que va a pasar y luego te explica por qué no ha pasado, esta nueva crisis económica lo que viene a demostrar es que el sistema neoliberal que se impone, ante la pasividad de los ciudadanos, no funciona. Y no funciona en tanto en cuanto no favorece a la mayoría, sino sólo a una élite poderosa.

En el fondo de la crisis está el fallo de un sistema que considera la codicia corporativa como el único fin y motor de la economía. Uno de los principales factores de la actual crisis es la subida dramática del precio del petróleo. Desde enero de 2007 a junio de 2008, el petróleo ha pasado de 55 a 140 dólares el barril. Está claro que una parte importante de esa subida no se explica por la subida de la demanda, sino por la especulación [1]. Así, el sistema económico neoliberal permite convertir a todo el planeta en víctimas de un puñado de especuladores que llenan sus ya repletos bolsillos con el hambre y la muerte de millones. Además, usando como pretesto la subida del petróleo, las compañías energéticas lanzan la idea de los biocombustibles. Con ellos se hace de la comida en un bien a convertir en gasolina, arruinando más aún a los más pobres. Los servicios básicos como el agua o la sanidad, se convierten en bienes de consumo, abocando a los más pobres a pagar lo que no tienen por ellos [2]. Todo es susceptible de convertirse en un negocio, aunque ello suponga la muerte de millones de personas.

Asimismo, los que deberían ser instrumentos para que los representantes políticos ejercieran el poder democrático sobre la economía son convertidos en asociaciones privadas sin control. Resulta que el Banco Central Europeo es “independiente”, ¿independiente de quién? Así una institución fundamental en la política económica de Europa se hurta a cualquier control político y se convierte en mero instrumento del poder económico. De hecho, Rodrigo Rato llegó a afirmar que el tratado de Maastricht evitaría en el futuro las políticas socialdemócratas en Europa, es decir, los electores eligen entre partidos, pero las políticas importantes están decididas de antemano. Otra institución que debe velar por los intereses de los ciudadanos como es el Tribunal de Defensa de la Competencia y la Comisaria Europea de Competencia, sólo se preocupan de las oportunidades de negocio que pierden las corporaciones cuando los servicios públicos son proporcionados por el estado, y no actúa ante los abusos de las empresas. Y cuando lo hace, las sanciones son tan ridículas que sólo sirven como coartada para continuar con los abusos.

Las “democracias” europeas caminan hacia un nuevo tipo de despotismo. Ya no es el despotismo ilustrado, aunque comparte su modelo de “todo para el pueblo pero sin el pueblo”, ahora es un despotismo corporativo, “todo para las corporaciones, y sin el pueblo”. Cada vez con más frecuencia los gobiernos se atreven a proclamar la muerte de un verdadero estado democrático. Ante la reciente victoria del “No” en el referéndum sobre el Tratado de Lisboa en Irlanda, el presidente de Portugal ha declarado que la victoria del “No” es la prueba de los tratados internacionales no deben someterse a referéndum [3]. La ecuación es sencilla, si el pueblo está en contra de un tratado, no se le pregunta. Democracia en estado puro.

Pero lo fundamental de todo esto es comprender que lo que falla es el sistema. El sistema neoliberal tiende de forma inevitable a la concentración del poder económica en unas pocas manos. Este poder económico tiende a controlar el poder político, y cuando eso ocurre la democracia ha muerto. Los políticos dependen del dinero y los medios de comunicación que están en porder de las grandes corporaciones, y se han convertido en poco más que asalariados de ellas. Si los ciudadanos no despertamos a tiempo, la democracia morirá pronto, como ya lo ha hecho en EE.UU.

[1] http://www.jornada.unam.mx/2007/11/15/index.php?section=economia&article=028n1eco

[2] http://www.ecologistasenaccion.org/spip.php?article7407

[3] http://www.larepublica.es/spip.php?article11359