Por Jesús García Pedrajas

Como bien comentaban en el diario El Mundo, a pesar de las críticas del sector crítico (hay que reconocer que se han trabajado bastante su apelativo), Rajoy se resistía a decir en voz alta el nombre del que será su hombre de confianza, el Secretario General del partido; la demora aclara bastante que dicho nombre no va a gustar nada a los citados críticos.

En este tiempo, al líder popular le ha dado tiempo desde ajustar cuentas con antiguos colaboradores como Acebes y Zaplana, a los que les ha mostrado amablemente la puerta; a recibir encantado la dimisión del principal obstáculo que tenía en el partido para rehacer viejas amistades con los nacionalistas, es decir, el referente moral del partido, María San Gil, a la que, no sería extraño, culpara en secreto del bajón sustancial en votos es su comunidad autónoma y, de rebote, de la sangría menos acusada en el resto de comunidades con raigambre nacionalista.

Por tener tiempo, hasta le ha sobrado para recibir golpes desde todos los sectores de su partido: nuevas generaciones, lideresas, antiguos hombres de toda confianza y, de vez en cuando, hasta algún apoyo más o menos inesperado (desde fuera del partido). Por último, y una vez que se hicieron las cuentas de los avales, hasta se ha sentido fuerte para citar al centro del ruedo al más arrojado de los rebeldes, Juan Costa, al que le ha venido a decir que se atreva a presentarse si tiene lo que hay que tener y que a él le sobra, es decir, los avales de su partido.

Eliminando a los demasiado jóvenes o demasiado viejos, quitando de la lista a los que no son de fiar (muchos) y a los que desean figurar demasiado, nos quedan una lista más bien corta, entre la que destaca un nombre, de un gallego como él, que se está señalando mucho a su favor en esta guerra y que podrían ser el candidato ideal: Emilio Pérez Touriño, es decir, lo que Aznar busco en Rajoy: trabajador y que no le va a hacer demasiada sombra. Aquí tenemos al posible niño de Rajoy.