Por Jesús García Pedrajas

Parece un pecado muy común entre los gobiernos de izquierda, o que se autoproclaman como tales, llevar a cabo medidas y políticas para agradar al electorado de derechas, esperando el improbable aplauso de los políticos que los representan, contando siempre con que sus propios votantes no los van a abandonar en ningún caso.

La realidad, por el contrario, suele demostrar que nada que puede hacerse desde un gobierno de izquierdas va a suscitar el apoyo de la oposición de derechas ni, por supuesto, evitará sus críticas aunque, en el fondo, aplauda dichas propuestas: siempre estará a tiempo de decir que las medidas no llegan a tiempo o que se quedan demasiado cortas, etc. En cuanto al electorado que los lleva al gobierno es cierto que resulta complicado que acaben votando a los partidos de derechas pero el riesgo no viene por ese extremo, dichos votantes, simplemente, se quedarán en casa, decepcionados por ver implementadas unas políticas que apenas se diferencian de las que podrían hacer sus rivales; no es necesario, por tanto, que cambien su voto, tan solo con que no lo emitan.

El consenso, introducido en los últimos tiempos como una característica obligatoria para cualquier acción que realice el gobierno, no es, en absoluto necesario ni, en muchos casos, deseable porque implicaría que, para los mismos problemas, los puntos de vista y las soluciones propuestas serían las mismas en dos partidos que se encuentran en dos polos opuestos de la política española. El consenso puede verse, más bien, como una circunstancia temporal que puede o no darse en una determinada solución a un problema concreto; por lo demás, el modelo de consenso que se suele invocar en este país, consistente en enunciar la postura propia y esperar que los demás se unan a ella, tiene más de asimilación de los contrarios que de verdadera negociación de opiniones diversas.

El gobierno español actual tal vez debe de tener en cuenta todo lo anteriormente expuesto, si quiere evitar que sus votantes confundan sus acciones con las intenciones declaradas de la derecha, lo que puede provocar su derrota en las siguientes consultas electorales.