Por Jesús García Pedrajas

Parece evidente que la visión de los procesos reformistas que se están produciendo en varias naciones latinoamericanas es muy diferente a ambos lados del océano: por un lado, están los pueblos inmersos en esta revolución, que ven con esperanza los cambios y con inquietud la respuesta de las oligarquías que aún los dominan y que, con el más que probable apoyo de occidente, entendiendo como tal a EEUU y Europa, básicamente, están dispuestas a mantener a cualquier precio el estatus establecido; este punto de vista contrasta vivamente con el que se tiene en la llamada “comunidad internacional” y que puede dividirse en dos grandes grupos, de los que es difícil conjeturar cuál es el más peligroso.

El primero de ellos está formado por todos los poderes económicos y políticos que ven amenazada su posición (lamentablemente, en realidad, mucho menos de lo que creen) por las reformas y políticas que se encuentran en fase de implantación en países donde sus gobiernos han sido siempre colaboradores y cómplices de sus políticas imperialistas con contadas excepciones que, en su mayor parte, han terminado de manera sangrienta, con el derrocamiento de gobiernos legítimos y la toma del poder por juntas militares.

Adosada a este grupo se encuentra, por supuesto, toda su maquinaria publicitaria, la que constituyen los medios de comunicación de masas en manos, de manera más o menos directa, de los mismos grandes empresarios que ven peligrar su privilegiado estatus.

Por otro lado, tenemos el grupo formado por los círculos intelectuales de izquierda que se están viendo, de alguna forma, desplazados de su autoproclamada posición de guías espirituales y de pensamiento de las revoluciones sociales que se están llevando a cabo en Latinoamérica. La reacción crítica que , en muchos casos, podemos ver en la actualidad en contra de gobiernos como el de Venezuela, Bolivia o Ecuador basada, en la mayoría de las ocasiones en informaciones aparecidas en los mismos medios de las grandes corporaciones de comunicación, no es más que un signo de impotencia por no poder guiar los procesos reformistas de acuerdo a la visión, la toma de conciencia ante los problemas y, en último término, los intereses de una izquierda en la forma que está muy lejos de serlo en el fondo.