Por Jesús García Pedrajas

Publicado en Rebelión.

No resulta fácil encontrar la razón para que casi en todos los análisis sobre la grave situación que atraviesan la mayor parte de los países africanos no se haga ninguna referencia a los factores exógenos; no se comprende que, al igual que ocurre en América Latina, no se haga referencia a los intereses de las multinacionales y los gobiernos occidentales como principal origen del caos, la pobreza, los crímenes y la humillación que asola todo el continente.

¿Por qué nos resulta tan fácil admitir la intervención estadounidense en el establecimiento de las dictaduras militares latinoamericanas de toda la segunda mitad del siglo pasado y nos cuesta tanto invocar la nefasta influencia política y económica de Europa y los mismos EEUU sobre el continente africano? Se nos hace tan solo ahora patente esta injerencia extranjera, cuando un nuevo actor, la potencia emergente de China, interviene en la economía africana. Se trata, acaso, de un actor no invitado por aquellos que ya se repartían amablemente entre ellos el saqueo de África; un rival difícil de combatir en cuanto a recursos y, tal vez, en el posible reparto más justo de los beneficios con los países en los que invierta su inmenso poder económico.

¿Es este el gran peligro que atisban las potencias occidentales? Que el gobierno chino haga ofertas más atractivas a los gobiernos africanos para, sin cuestionar su interés económico en dichos acuerdos, que sean estos países también receptores de una parte de sus propias riquezas. Es, por casualidad, la preocupación de los gobiernos europeos y estadounidense el poco respeto por los derechos humanos del régimen de Beijing, lo que les hace alertar al mundo sobre el peligro de una mayor intervención de China en los asuntos africanos. No parece probable, cuando esta advertencia viene de EEUU, que mantiene su invasión de Afganistán e Irak y amenaza (y esta sí que es una amenaza real) con hacer lo propio con Irán o Siria; o de la Europa que alienta, apoya y se beneficia masacres como la del Congo, donde millones de personas han muerto ya por tener la poca fortuna de que su suelo albergue diamantes, oro o coltan.

Hasta cuándo la geopolítica globalizadora que impera actualmente se negará a admitir las influencias extranjeras sobre un continente como el africano, con una mínima capacidad de resistencia a estas intromisiones en su economía y en su política; cuando dichas interrelaciones se consideran la base de la actividad económica mundial, por qué debemos considerar a África como un todo, aislado del resto del planeta, en el que todas las explicaciones para sus problemas terminan en el pretendido salvajismo atávico de sus habitantes, en las relaciones de poder entre países más ricos y más pobres (pero tan solo dentro del continente) o su ignorancia o atraso.

¿Es esta pobreza e ignorancia querida por sus gentes? En realidad, se trata no tanto de la herencia colonial, sino de un eslabón más del dominio postcolonial actual que es, incluso, más cruel e inhumano que el anterior, barnizado de legalidad, de tratados económicos internacionales y llevado a cabo por gobiernos títeres promovidos y apoyados según su predisposición a ayudar en el saqueo.

No hay salvación posible para África que provenga de Occidente y su única aparente esperanza puede provenir de la colaboración con los gobiernos latinoamericanos que se están mostrando receptivos a acuerdos políticos y económicos de carácter defensivo ante el poder de los gobiernos de EEUU y Europa.