Por Jesús García Pedrajas

Parece cada vez más evidente que las diversas corrientes que están surgiendo en el PP prestas a suceder al jefe de su partido, que cada vez se parece más al protagonista de cierta película, es decir, que está muerto políticamente y todavía no lo sabe; como decimos las evidencias apuntan a que se trata de una simple cuestión de la medida del tiempo: los hay que lo quieren todo, como Camps, pero que no ven la necesidad de entablar ahora un debate sucesorio para una candidatura que se hará efectiva dentro de cuatro años y que, por otra parte, no quieren verse zarandeados por las próximas y sucesivas elecciones autonómicas, que supondrán un mal trago casi cierto para su partido.

Frente a esta corriente están los que (también) lo quieren todo, pero lo quieren ahora, léase Esperanza Aguirre y sus más o menos descarados apoyos; para ella, y siguiendo el viejo refrán político, el poder agobia al que no lo tiene y está dispuesta a asumir el mando en este mismo momento, sin importarle elecciones de pronóstico incierto ni demás zarandajas, ya se encargan sus fervientes admiradores de endulzar sus oídos diciéndole que, en el fondo, España es una extrapolación de Madrid y que, por tanto, esto va a ser un paseo militar.

Rajoy, por su parte, no encuentra un momento de respiro: apenas empieza a hacer un presunto guiño a los nacionalistas (en general) en la ponencia política del próximo congreso cuando las más señaladas de sus redactoras se baja del tren en marcha, reconociendo, de manera harto extraña, que todos sus puntos de vista están reflejados en la ponencia pero que “no se fía de que se vayan a llevar a cabo”. Al menos el suceso ha servido a Rajoy a tachar algunos nombres más de su menguante lista de apoyos, siguiendo por este camino su tan mencionado “grupo de confianza” va a hacerse por eliminación o, simplemente, por los que queden.

Gallardón, mientras tanto, no pierde la esperanza de convencer a los barones de su partido que él es el candidato más elegible, es decir, el que menos rechazo directo provoca en una parte del electorado clave: los votantes del PSOE que no lo hacen por un especial convencimiento sino por evitar a ciertos inquilinos en la Moncloa, a estos Gallardón no espera convencerlos de que cambien su voto pero, tal vez, sí pueda hacer que se queden en casa.

No deben olvidarse a los ilustres retirados del partido, que lo hacen con tiempo para engrosar sus cuentas perteneciendo a todo consejo de administración dispuesto a admitirlos, pero que, llegado el momento, reaparecerán, inevitablemente, para ayudar al partido en momentos difíciles.

El resto de partidos contempla, entre estupefactos y divertidos, la situación de un partido, que cada vez tomas más tientes futbolísticos: con un presidente que renueva el club empezando justo por debajo de si mismo, con estrellas que dimiten o se “malean” y con una afición que no sabe ya a quién echarle la culpa de todos los trofeos que se les están escapando.