Por Jesús García Pedrajas

El testimonio que hemos tenido la posibilidad de recibir en la charla que os ha dado la cooperante y residente en Palestina Juani Ruiz ha sido sobrecogedor y mueve a la rabia y la indignación. El trato genocida sobre el pueblo palestino se agrava continuamente contando, no ya con la complicidad, sino con la acción efectiva de la comunidad europea, que ha tomado partido claramente por parte de uno de los bandos; no parece necesario criticar la postura criminal de los EEUU en esta situación.

La rendición predecible y anunciada de Palestina a los intereses políticos israelíes se está llevando a cabo en varios frentes: por un lado, la presión militar sin tregua sobre los territorios ocupados; a esto se añade el resquebrajamiento económico de la población, el acoso policial con un carácter a veces aleatorio, puesto es esto lo que hace el poder más divertido y eficaz por parte del opresor: la posibilidad de ejercer dicho poder cuando y donde se quiera, sin obedecer a ninguna razón o motivación, simplemente por el placer de ejercer un terror sobre la población que será tanto más temible como inesperado e impredecible, lo que mina de manera brutal la resistencia de los que lo sufren; el establecimiento de asentamientos que, de manera cruelmente irónica, el mismo gobierno que los promueve califica de “ilegales”, es otra herramienta muy eficaz para crear una situación de fuerza en una posible futura negociación, a este objetivo también ayuda la construcción del muro que está convirtiendo Cisjordania en un terrorífico y, de manera premeditada, intermitente campo de concentración.

Todos estos crímenes quedarán tal vez empequeñecidos por el mayor de todos ellos: el enfrentamiento dirigido por Israel entre dos bandos que se hace ver de manera interesada tan solo luchan por hacerse por el poder. La realidad es muy diferente: Al Fatah se ha alineado claramente con la política israelí de sometimiento de su propio pueblo a cambio de disfrutar de dicho poder, obtenido sobre la sangre y el terror del pueblo palestino; por otro lado, Hamas, con un amplio apoyo popular, partido ganador de unas elecciones cuyos resultados sorprendieron a los que, teniendo la potestad de convocarlas, nunca lo hubieran hecho de pensar en la posibilidad de una derrota, tan aplastante como la que se produjo. La victoria de Israel se empieza a producir desde el momento que es capaz de crear una Autoridad Palestina que, por una lado, enfrentará a los palestinos unos contra otros y, por otro, conseguirá que los policías y militares que maten niños, mujeres o ancianos no sean ya israelíes, sino que sean sus propios compatriotas (con el ahorro de vidas que supone para el ejército de Israel y el odio demoledor que dividirá a Palestina y la hará más débil en su resistencia).

Esa capacidad de resistencia es la que podemos observar resquebrajándose día a día: la violencia diaria crea generaciones que vuelcan su odio y su rabia contra todo lo que hay alrededor; contra sus enemigos, pero también contra sus familias, contra un entorno sin esperanza ni futuro, que los ahoga y aprisiona con más fuerza que los muros que se construyen para someter sus almas, imposibilitando cualquier atisbo de poder llevar una vida normal, a la que cualquier persona debiera tener derecho, independientemente del lugar donde haya nacido.

Es nuestra responsabilidad, y debe pesar sobre nuestra conciencia, observar estos crímenes sin ninguna reacción, ni tan siquiera de protesta; debemos plantearnos de una vez la posibilidad de que, los que vengan detrás de nosotros, nos pidan cuentas en el futuro y nos pregunten porqué no hicimos nada para remediar esta situación ilegal e injusta.